¡¡Cazadores de Sombras: Ciudad de ángeles caídos!! *¬*

lunes, 29 de noviembre de 2010

Capítulo 64 (E)

Salí de la universidad al terminar las clases, y me fui andando a casa. Entré en el edificio, subí el ascensor, abrí la puerta y la cerré.
Entonces, delante de mí, apareció un Portal.
Me asusté un poco, porque Damen estaba vigilando por la ciudad, y no podía ser él.
Del Portal salió un chico rubio con alguien mucho más bajo con la cara tapada por una capucha. Me sorprendí, y sonreí.
-¡¡Jonan!! –dije emocionada.
-¡Elisa! –sonrió, y abrió los brazos cuando fui a abrazarle.
Cuando nos separamos, le miré.
-¡Cuánto tiempo! ¿Qué…? –miré a la personita a su lado.
-Necesito que me hagas un favor, Elisa. Me la encontré en la calle, completamente sola, y bueno… Ella… Me gustaría que pudieras encargarte de ella.
-¿Yo…?
La miré. Me acuclillé enfrente, y le retiré la capucha de la cara. Aunque estaba algo sucia, podía ver sus bonitas facciones. Unos ojos azules como los de Damen, pelo medio rizado y del color del chocolate, y mejillas ruborizadas. No sonreía. Lo que me llamó la atención fue que en la cabeza tenía dos pequeños cuernos negros, y de su túnica, en la espalda, sobresalían dos bultos…
-Hola –le dije con suavidad-. ¿Quién eres?
No respondió. Miré a Jonan.
-Se llama Kira. Debe de tener unos siete u ocho años, o quizá más. No estoy seguro.
La niña no paraba de mirarme, hasta que finalmente alzó una mano y me cogió un mechón de pelo.
-Me gusta tu pelo –comentó.
-Gracias –dije sonriendo.
Me levanté.
-Jonan, no hay problema. Me encargaré de ella.
-Está bien, pero ten cuidado. Damen podría… Bueno, ya sabes, como Kira es…
-¿Es…?
-Bueno, ella es lo que se llama un demonio esclavo.
-Hum. No te preocupes.
Asintió agradecido, y se fue por el Portal por el que había venido.
Miré a Kira.
-Bien, pequeña, primero es mejor que te des un baño. ¿Quieres?
-Me parece bien, pero por favor, respeta mi decisión de no llamarme pequeña. Es un poco molesto dada mi acomplejada altura.
Alcé las cejas.
-Oh, eh… muy… muy bien, entonces vamos, Kira.
Asintió, me cogió la mano que yo le había tendido y ambas fuimos al baño.
Llené la bañera de agua caliente más o menos por la mitad, Kira se desvistió y se metió dentro. Me fijé que en la espalda tenía dos alas como las de los murciélagos, y tenía cola, que terminaba en una flecha. Mientras la ayudaba a limpiarse, hablamos.
-Mira, Kira, yo me llamo Elisa.
-¿Elisa?
-Bueno, en realidad Elisabeth Katherine, pero es un nombre demasiado largo, así que sí, Elisa. Y… ¿cómo…?
Se encogió de hombros.
-No sé cómo llegué aquí, pero estoy desde hace muchos años con este cuerpo –me examinó-. Y veo que tú, dada tu madurez mental, deberías tener más de los que aparentas.
-Sí, bueno, yo… Vivo eternamente, como tú.
-Hum. Y ese tal Damen… Escuché su nombre en alguna parte.
-Es… bueno, el líder de los…
-De los ángeles que protegen a humanos y matan a los que son como yo, ¿no? Bueno, supongo que podré soportarlo.
-¿No tienes miedo de… bueno… de lo que pudiera pasar?
-Antes me dijiste que me cuidarías –asentí decidida-. Y vives con él. ¿Debo suponer que eres su novia?
-Hum…
-Eso es un sí. Y si eres su novia significa que te quiere y que no haría nada que te pudiera entristecer. Me supongo que si me hiciera daño, a ti no te gustaría. Por lo que eso nos deja en que no puede tocarme.
-Increíble –dije sin saber qué más decir.
-Gracias, aunque tu sorpresa ofende un poco, pero no pasa nada.
Cuando le lavé el pelo y terminé de bañarla, la ayudé a salir.
-Un momento –dijo.
Cerró los ojos y se le fueron ocultando los cuernos, las alas y la cola.
-Es mejor que me mantenga en mi forma humana.
Asentí y le presté un pijama mío corto, ya que las mangas de la parte de arriba le quedaban por los antebrazos y la parte de abajo por las rodillas. Apareció Yin Yang cuando ambas fuimos al salón. Se acercó a Kira despacio, la olisqueó y frotó su mejilla en la pierna de ella. Kira sonrió débilmente y le acarició la cabeza.
-¿Quién es? –me preguntó.
-Se llama Yin Yang. Vive con nosotros.
-Es bonito.
Sonreí. Entonces oímos el tintineo de unas llaves, y la puerta que se abría. Damen apareció por ella, y al verme sonrió, pero cuando bajó la mirada hacia Kira, la sonrisa se le borró de la cara.
Sacó una pistola del bolsillo de la chaqueta y la apuntó con ella.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Capítulo 63 (D)---(K)

(D)Salí de la pequeña habitación. Era de un bar del centro de la ciudad. Cuando me senté en un taburete de la barra, sentí varias miradas sobre mí, pero las ignoré.
Le pedí al camarero un Mojito, y me lo sirvió casi al momento.
-Señor… -dijo mientras yo le daba un sorbo al cóctel-. ¿Se encuentra bien Penny?
-¿La chica? Sí, está perfectamente.
Miré a mi derecha, y me encontré con la cara pecosa del chico que antes había venido a mi casa para avisarme.
-Puede… puede que usted no me recuerde… pero yo estaba en el grupo de Dominios nuevos… que visitó hace tiempo…
-Claro que te recuerdo, Brian. Aunque sois muchos, os conozco a todos y cada uno –contesté sin mirarle.
-Oh, sí, bueno… -se frotó el brazo, mirando el suelo-. Hum…
-¿Primero le llamas cabrón y luego no eres capaz de hablar con él? –dijo Jake, detrás del pelirrojo.
Sonrió ampliamente, y le puso una mano en el hombro. El otro le fulminó con la mirada.
-Aprende a callarte, Jake.
Éste puso los ojos en blanco.
-Es difícil hacerlo cuando me lo pones en bandeja, Brian.
Terminé el Mojito, me levanté todavía con las miradas del bar puestas en mí y le pagué al camarero.
-Ya sé que soy guapo, pero una foto os durará más –comenté mientras me iba.

(K)Estaba realmente asustada. No sabía qué hacer.
Me había escapado de las garras de mi cruel amo con el cuerpo de una niña de siete años. En realidad tenía más.
Estuve vagando por Buenos Aires, Argentina, durante los suficientes años como para que mi mente madurara, aguantando la sed y el hambre.
Entonces llegó aquel día.
Iba vestida con sólo una túnica blanca y una capa, completamente sucia y sin saber dónde ubicarme. Llovía a cántaros. Con el cansancio, me senté en el suelo, en un callejón. Tenía un frío horrible.
Hasta que apareció una sombra cerca de dónde yo estaba.
Cerré los ojos con fuerza por el terror, y luego sentí una mano en el hombro izquierdo.
-Hey, pequeña, ¿estás bien? –dijo una voz masculina y aterciopelada.
Abrí los ojos y me encontré con una bella cara, de pelo rubio y ojos verdes, pero veía un atisbo de desconfianza en ellos, a la vez que pena.
-Ven conmigo –me tendió la mano.
Me había quedado embobada mirándole, y ni siquiera me había dado cuenta de que le tomé la mano. Me levantó y me llevó con él, a lo que a primera vista parecía su casa. Era enorme.
Me condujo a un salón también grande y me sentó en un sofá, al lado de un fuego. Se fue y volvió con una manta. Me la puso sobre los hombros. Se volvió a ir.
Después de algunos minutos mirando el espacioso lugar y los decorados, el chico me trajo una taza caliente de alguna bebida espesa del color de mi pelo. Lo cogí y bebí un poco.
El chico sonrió, y se señaló a sí mismo sus labios con el dedo.
-Tienes manchado –dijo con suavidad.
Me pasé la lengua por los labios, y le miré. Volví a beber.
La verdad es que estaba bueno. Muy bueno.
-Es chocolate –sonrió-. Me llamo Jonathan, pero llámame Jonan. ¿Y tú?
-Kira –dije con un hilo de voz.
Asintió.
-Kira. Bonito nombre.
Le miré, y entonces supe qué era él por el tatuaje de su hombro. Había escuchado sobre ellos en los últimos cuatro años. Ángeles que mataban a seres como yo, sin piedad. Empecé a temblar.
-Tú… ¿vas a… vas a matarme? –pregunté con voz débil.
-Si quieres que te diga la verdad, debería. Pero no lo haré.
No pregunté el por qué. No quería saberlo.
Se cruzó de brazos y suspiró.
-El problema es que no sé qué hacer contigo. Yo tengo que irme ahora, así que…
Apretó los labios, pensativo. Entonces pareció que encontró alguna solución.
-Ya sé quién puede encargarse de ti.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Capítulo 62

Sinceramente pensé que iba a morirme del dolor. Era insoportable. El hombro me dolía horrorosamente, e intentaba no quejarme, pero me era imposible. Tenía miedo, muchísimo miedo.
Los demás ángeles, guardianes y Dominios, me rodeaban preocupados. Me preguntaban qué tal estaba, si me dolía y más evidencias, hasta que volví a desmayarme.
Cuando abrí los ojos, no había nadie ya dentro de mi habitación. Pero me equivocaba.
Un chico muy guapo de facciones jóvenes, pero maduro, estaba sentado en una silla, casi al lado de mi cama, con los pies apoyados en ésta y los tobillos cruzados, leyendo un cómic manga.
Era la perfecta imagen de la despreocupación.
Pero había algo raro a su alrededor. Emanaba un enorme poder, que hacía que el aire crepitara en la habitación.
Lancé un débil gruñido de dolor, y ese chico alzó la mirada rápidamente. Me encontré con unos grandes ojos color turquesa.
-Hum. Mira quién ha despertado –dijo con una sonrisa burlona, y pasó una página.
Me incorporé débilmente, y fruncí el ceño.
-¿Quién…?
Se encogió de hombros, dejó el cómic cerrado sobre la mesita de noche al lado de la cama y bajó los pies de ella. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas.
-No intentes hacerte la dura conmigo, niña. Sé que esto puede ser terriblemente doloroso. Y ahora cuéntame quién te lo hizo.
-¿Pero quién eres tú?
-Soy el único que puede aliviar el dolor de tu herida.
-¡Entonces acaba con él de una vez! –sollocé.
Negó con la cabeza, y dejó de sonreír.
-Nada de premios hasta que no me digas lo que quiero.
Apreté los dientes, y una lágrima me resbaló por la mejilla.
-Vamos. Cuanto antes me lo cuentes, antes se irá el dolor. Créeme –se incorporó y se recostó en la silla, cruzándose de brazos.
Le miré con ojos llorosos. Me sorprendí. Aparte de sus brillantes ojos, tenía un pelo plateado que parecía casi irreal y que destacaba sobre su piel ligeramente tostada. Debajo de la luz de la lámpara, en su pelo se reflejaban varios colores…
-¿Vas a hacerme caso? –asentí débilmente.
-Iba… por la calle, por la noche, y me encontré con un hombre… de mediana edad, más o menos. Pelo castaño oscuro, corto, muy alto y delgado…
-¿Te dijo su nombre?
-No, pero me preguntó por el líder de los Dominios.
Eso llamó su atención. Un brillo astuto surcó sus ojos.
-¿Ah, sí? ¿Y tú qué le dijiste?
-Que no sabía dónde vivía ni nada. Pero que quizá estaba en la ciudad, aunque me dio la impresión de que eso ya lo sabía, y cuando supo que no podía aportarle más información, algo me mordió en el hombro y me desmayé. Luego desperté aquí.
Asintió pensativo, y se levantó. Se acercó a mí –no pude evitar sonrojarme un poco-, puso su mano en mi hombro herido, y el dolor se pasó, así, de repente. Cuando apartó la mano, lo moví, pero no me dolía. Sonreí y suspiré aliviada. Luego miré al chico con el ceño fruncido, ya que éste se iba hacia la puerta de la habitación. Cuando puso la mano en el pomo para marcharse, le llamé.
-¡Espera! ¿Puedo… puedo saber tu nombre?
Se volvió y me sonrió.
-Soy Damen, el líder al que casi delatas.
Me quedé con cara de póker. Él me guiñó un ojo y se fue, cerrando la puerta.
Me sentía como una estúpida. Tuve delante al hombre al que yo prácticamente consideraba un dios, y yo sólo me quejé del dolor. Me acosté en la cama, apretando los dientes con fuerza.
Pero la puerta se volvió a abrir. Era Damen, que entró en la habitación, fue hacia la mesita de noche y cogió el cómic manga.
-Es que si no lo termino no puedo dormir por la noche. Ah, y la próxima vez que te intenten matar, no me pidas ayuda, que para algo entrenas, ¿sí? –sonrió con sorna.
Dio media vuelta y se fue.

martes, 16 de noviembre de 2010

Capítulo 60/61

Capítulo 60 (P)

Hacía poco que me había convertido en un ángel Dominio, junto con otro grupo. Durante el día nos volvíamos invisibles y nos entrenábamos. Por la noche quedábamos en un bar que había más o menos en el centro de la ciudad. Sin embargo, nunca entraban humanos, porque sencillamente lo repelían. Me habían explicado que ellos tenían un instinto que nosotros no teníamos, y era el de saber que puede haber problemas sencillamente sintiéndolo. Me parecía fascinante, pero nunca había hablado con ninguno.
Una noche, cuando llegamos al bar, me había sentado rápidamente en el taburete de la barra y pedí un simple agua. Normalmente tomaba licor, pero no me apetecía nada.
Derek, el dueño del lugar, otro ángel Dominio desde hace tres años, me la sirvió en un vaso alto, y sonrió.
-¿Qué tal, Penny? Veo que el entrenamiento ha sido muy duro –comentó mientras secaba una jarra con un paño-. Tienes mala cara.
Suspiré.
-Sí, bueno, la verdad es que son tantos…
James, un ángel guardián normal y corriente se acercó a mí en cuánto Derek fue a servir más copas. Se sentó a mi lado, y yo le sonreí.
-Qué. ¿Qué tal te fue con tu protegido?
-Es un puñetero crío que no sirve para nada. No sé por qué lo protejo, si de todos modos no va a servir al mundo –suspiró-. Pero bueno, es lo mismo. ¿Y tú? ¿Qué tal fue el entrenamiento?
Me encogí de hombros, y bebí un sorbo de agua.
-Como siempre. Lo que no entiendo es por qué nuestro líder no nos entrena él mismo. Sería más fácil.
-Ya sabes que el líder pasa de eso –dijo Brian, sentándose a mi izquierda-. Es un tipo bastante peculiar. No le gusta la gente. No es como el líder de los ángeles Poderes, de verdad. Todo lo contrario.
-¿Les has visto? A los dos líderes quiero decir –pregunté con las cejas alzadas.
Sólo unos pocos tenían la suerte de conocer a los líderes de los niveles.
-Al de los Poderes me contaron que era bonachón, pero al nuestro sí, y tiene muy mala hostia cuando le enfadas. Pero hace cosas increíbles. Si no fuera tan capullo, me gustaría tenerlo como jefe.
-¿Tan capullo? ¿Es que no…?
-No es mal tío, pero… Bueno, sin ir más lejos, el otro día por la mañana, cuando vino para ver qué trabajo habíamos hecho, se nos presentó conduciendo un Lamborghini negro con unas gafas de sol estilo aviador y un puro, y dijo que tendríamos que hacerlo mucho mejor si queríamos ser tan buenos como él.
Bufé. Odiaba ese tipo de hombres, los que se creían superiores a los demás.
-Sin embargo, también nos dijo: “Recordad que el espejo representa el alma de una mujer. La espada, el alma del guerrero. Así que no os durmáis, porque aquí también podéis cagarla y destrozar vuestras vidas por un simple fallo”.
-Bueno, no es tan idiota como pensaba –dije.
Brian se encogió de hombros, y bebió de su Coca-Cola.
-Es lo mismo. Lo peor es que luego desapareció, así, de repente, dejándonos con el marrón de encargarnos nosotros, unos novatos, de varios demonios. Y da un miedo… Es un cabrón.
-No, no lo es –dijo una voz detrás de nosotros.
Nos volvimos y nos encontramos a Jake con los brazos cruzados.
-¿Que no? ¡Pero que yo recuerde, a ti te dejó tirado luchando contra un demonio!
-Lo sé, pero el otro día estuve en su casa. Tiene novia. Y se preocupa muchísimo por ella.
-Ja, no parece de las típicas personas que velan por la seguridad de los demás. Aparte de protegerlos de los demonios, claro.
-Pues te equivocas. Ni os lo imagináis. Se le cae la baba con ella, tíos, en serio.
Se dio media vuelta y se fue. Sacudí débilmente la cabeza, y bajé del taburete.
-Bueno, chicos, yo me voy ya, que dentro de poco tengo entrenamiento.
-¿En plena noche?
-Sí –suspiré-. Pero qué le voy a hacer. Hasta luego.
-Chao.
Salí de allí, y me encaminé por las calles de la ciudad. Las luces alumbraban cerca y a lo lejos de mí.
Entonces sentí una presencia. Me volví, pero no vi nada. Hasta que me giré otra vez y me encontré con un hombre. El vello de los brazos se me puso de punta.
-¿Quién… quién eres? –balbuceé.
-Si no me dices qué eres tú, entonces yo seré tu peor pesadilla –tirité-. ¿Eres un Dominio?
Asentí despacio.
-Tu líder. Dime dónde vive.
-No… no lo sé, señor. No lo conozco.
Miró al cielo con aire pensativo.
-¿Vive aquí, en la ciudad?
-Me… me supongo que sí, señor, pero no estoy completamente segura…
-Bien –sonrió.
Entonces de repente algo, por detrás, me mordió el hombro. No pude ver qué ser era, ya que me caí al suelo desmayada. Veía sólo sombras… y después, oscuridad total.


Capítulo 61 (D)

Me desperté por culpa del estúpido despertador. Alargué la mano y le di un golpe para que parara. Abrí los ojos y me encontré con Elisa apoyada en mi pecho, cubierta sólo por la sábana, durmiendo plácidamente. Sonreí, y miré la hora. Las siete y media. Suspiré. No me apetecía nada levantarme, y despertar a Elisa menos, pero llegaría tarde a la universidad.
Le acaricié el pelo con suavidad.
-Elisa… Cariño, despierta –lanzó un débil gruñido, y se revolvió un poco, pero no abrió los ojos-. Elisa. ¡Elisa, despierta!
Ahora sí que los abrió, con el ceño fruncido, y me miró.
-¿Qué? ¿Pasa algo?
-Sí, cielo. Que si no te levantas ahora, todo lo que tienes estudiado de la carrera se irá rápidamente a la mierda. Que por cierto, no es poco. Así que yo me pensaría…
Pero no me dejó terminar mi réplica. Se levantó de la cama, se vistió y se fue hacia la cocina.
Alcé las cejas sorprendido. Vaya.
Yo también me levanté, me puse el pantalón del pijama y la seguí. Cogió una magdalena, su mochila y me miró.
-Eh… ¿tú estás bien? –pregunté parpadeando-. Tienes tiempo de sobra…
-¡No, no tengo tiempo! Se suponía que debía estar un cuarto de hora antes en clase para poder preguntarle cosas al profesor sobre uno de mis muchos trabajos y coger el mejor sitio para la clase…
Me acerqué a ella y le besé suavemente los labios.
Me miró sorprendida.
-Relájate. Estás muy estresada. Y eso no es bueno. Todavía te queda un cuarto de hora para llegar a tiempo a todas esas cosas que tú dices.
-Claro: ése es el tiempo que tengo para ir de aquí a la universidad, así que me voy.
Se dio la vuelta, pero yo la cogí del brazo y la atraje hacia mí.
-Te llevaré en un Portal, pero por favor, siéntate a desayunar.
Apretó los labios, y suspiró. Dejó la mochila en el suelo, la magdalena encima de la mesa y se sentó en la silla. Le preparé un café y desayunamos. Luego la llevé, como prometí, por un Portal hasta la universidad, y volví al apartamento. Esta vez sí que me vestí, y me senté un poco en el sofá. La verdad no me apetecía hacer nada. Hasta que alguien llamó al timbre de la puerta. Lancé un suspiro hastiado, me levanté y la abrí. Eran Jake y otro chaval, de pelo cobrizo y la cara salpicada de pecas, y me miraban con ojos asustados. Me crucé de brazos.
-¿Algún buen motivo para interrumpir mi sesión de ver la tele en el sofá?
-Señor… Uno de nosotros está gravemente herido.
Me apoyé contra el marco de la puerta, y puse los ojos en blanco.
-¿Y cuando no hay heridos? No puedo encargarme de todos. Que cada uno se cuide de sí mismo, que para algo os elegí.
-Pero es que este ataque es especial.
-Por qué. ¿Por qué es vuestro amiguito el herido?
-Aparte de eso, señor, el ataque no es frecuente.
Alcé una ceja, y me incorporé. Eso llamó mi atención.
-¿No es… frecuente?
-No. No es un ataque normal. Por favor… ayúdela…
Ah, una chica. Suspiré, cogí las llaves de casa y cerré la puerta por fuera.
-Decidme dónde está.

martes, 9 de noviembre de 2010

Capítulo 59 (E)

Me había quedado dormida después de todo lo que pasó. Me desperté al poco rato, y cuando abrí los ojos me encontré entre los brazos de Damen, con mi cabeza apoyada en su pecho desnudo, todavía en el lago. Él tenía la mejilla apoyada en mi pelo mientras me acariciaba la nuca, con los ojos cerrados, como si estuviera pensando en algo. Podía oír los latidos de su corazón, frenético, acompasados con los míos. Me incorporé un poco para verle mejor, y él abrió los ojos. Esos ojos turquesa que me miraban con un profundo amor eterno.
-Mi vida –susurró, y sonrió ligeramente.
Yo también le sonreí, y miré a mi alrededor.
-¿Cómo es que seguimos en el lago? –murmuré.
-No quería despertarte –siguió susurrando.
Me cogió el rostro con las dos manos, dejando resbalar las gotas de agua por sus antebrazos, en uno por encima del tatuaje de la cruz, y me besó en la frente con ternura. Luego en mis mejillas ruborizadas –no pude evitar sonrojarme-, el cuello y los labios.
Salimos más tarde del lago, nos vestimos, y Damen se agachó para coger una rosa ya putrefacta del césped.
Sopló ligeramente sobre sus pétalos, y ésta se fue abriendo y recuperando el color rubí despacio, quedando más hermosa que las demás. Me la tendió.
Yo la cogí con cuidado, por miedo a estropearla, y sonreí.
-Es preciosa.
-Como la mujer que tengo delante.
Le miré de hito en hito, y luego al suelo.
-¿Pasa algo? –me preguntó alzando mi barbilla con suavidad, para que pudiera mirarle-. ¿Hice algo mal?
-No… Es que tú me regalas tantas cosas… La vista del lago, la rosa… Y yo todavía no te he regalado nada.
-¿Es una broma? ¿Tú sabes lo que me acabas de regalar?
Le miré con el ceño fruncido.
-Elisa, amor, me acabas de obsequiar con el mejor regalo que una mujer puede hacerle a un hombre.
Le sonreí ampliamente y le besé. Volvimos por dónde aparecí yo aquí, por el túnel de hojas y ramas, y entramos en el Portal, llegando otra vez a casa.
Miré hacia el cielo por la puerta transparente del balcón, y me sorprendí.
-¿Pero… cuánto tiempo estuvimos en el lago?
-Técnicamente ninguno. Allí el tiempo no pasa. Más o menos como Narnia –se rió-. Por eso siempre me gusta ir allí para pensar y arreglar las cosas.
Asentí débilmente, y de repente escuchamos maullar a un gato.
Fruncimos el ceño y miramos alrededor para ver qué era, y di un pequeño respingo al constatar que era Yin Yang.
-¡Yin Yang! –me acuclillé, y vino hacia mí. Me levanté con él en brazos-. ¿Qué haces aquí, pequeño? –miré a Damen, que se había alejado un poco del gato-. Tommy debió de dejárselo aquí.
-Qué bien –dijo Damen entre dientes-. O lo echas tú, o lo hago yo.
Apreté más a Yin Yang.
-No puedes echarlo. ¡Es mi gato!
Puso los ojos en blanco. Cogí mi móvil del bolsillo del pantalón y llamé a mi hermano. Esperaba que no estuviera durmiendo. Descolgó a los tres tonos.
-Hum… ¿sí? –contestó con voz soñolienta.
Suspiré. Sí que estaba durmiendo.
-Tommy, siento mucho despertarte, pero te has olvidado a Yin Yang aquí.
-No, no lo olvidé. Quiero que te lo quedes tú.
Me dejó sin habla durante tres segundos.
-¿Có… cómo?
-Sí; verás, veo que últimamente… bueno, supongo que le quedarán como mucho seis años o menos… así que quiero que tú aproveches el tiempo que le quede. Yo ya lo tuve durante cuatro años, y aunque sé que lo echaré muchísimo de menos, en realidad es tuyo. Cuídalo bien.
-Pero Tommy… -me mordí el labio inferior-. Gracias. Te quiero mucho.
-Y yo a ti. Y ahora tengo que dejarte, que mis compañeros de cuarto me están mirando con ojos asesinos.
Me reí.
-De acuerdo. Buenas noches.
-Chao.
Y colgó. Miré a Damen. Ya debía de imaginarse qué pasaba por la sonrisa de mi cara.
-Oh, no. No. No. Este gato no va a vivir aquí.
-¿Por qué? ¡Por favor, Damen! Por favor…
Me miró a los ojos, y se ablandó un poco.
-Pero no es justo. Yo… -se cruzó de brazos-. Yo te quiero para mí solo. No quiero compartirte con un bicho con bigotes, peludo y que no para de soltar pelo negro por todos lados.
Me reí, dejé a Yin Yang en el suelo y abracé a Damen.
-Ya me tienes para ti solo todo el tiempo. Además te vendrá bien algo más de compañía.
-¿Con un bicho que se parece al gato de Sabrina? Espero que estés de coña –suspiró cuando le hice un puchero, y puso los ojos en blanco-. Qué haría yo en esta vida para tener en mi casa a eso –murmuró mirando a Yin Yang-. Está bien, pero si me da alguna clase de problema, entonces ese bicho estará muerto.
Sonreí y le besé. Miré la hora, y me quedé con la boca abierta.
-¡Las tres de la mañana! ¡Y yo tengo clase dentro de cinco horas! Y el proyecto no lo terminé… –suspiré angustiada.
Damen me cogió de la mano y me llevó a la habitación.
-Bueno, lo del proyecto ya lo terminarás en otro momento, pero podemos aprovechar tres horas tú y yo… -sonrió con malicia.
Me reí.
Ahora tendría también a Yin Yang a mi lado…

sábado, 6 de noviembre de 2010

Capítulo 58 (J)

Me llevé a Amanda a un café cerca de la torre de Pisa. Yo pedí un capuccino, y ella un descafeinado. Cuando la camarera hubo terminado de servirnos los cafés, ésta me miró concienzudamente y se mordió el labio inferior mientras se iba rápidamente a la barra.
Amanda me miró con una ceja alzada.
-Vaya, al parecer eres irresistible a cualquier mujer –comentó medio sonriente, medio algo más.
-Sí, bueno, suele pasarme. Lo que no quiero decir que yo sea un narcisista. Es sólo que…
-Es sólo que eres guapo, lo sabes y te aprovechas de ello –completó.
-Sí, exacto… -negué con la cabeza al darme cuenta de lo que había dicho-. No, no era eso lo que…
-No pasa nada. Conozco a la mayoría de los hombres como tú –se encogió de hombros-. Preferís a las mujeres que son guapas a que sean inteligentes –bebió un sorbo de su descafeinado, donde el vapor había empañado ligeramente sus gafas en un corto tiempo.
La miré de hito en hito.
-Yo las prefiero inteligentes –dije-. Y sobre todo si son inteligentes y guapas, como la que tengo delante.
Alzó rápidamente la mirada hacia mí. Me puse nervioso. ¿Y si me había precipitado? A lo mejor lo único que quería ella era que esta invitación se acabase de una vez y que no quisiera volverme a ver jamás. Pero me equivocaba.
Sonrió.
-Hum. Gracias, supongo, pero no me gustaría que te aprovecharas de esta guapa e inteligente chica –dijo sarcásticamente.
Ella no creía que fuera guapa e inteligente, pero se equivocaba. No tenía la menor idea del poder de seducción que poseía, y por eso, no sacaba provecho de ello.
Suspiré.
-Lo eres, créeme. Yo no miento nunca.
Debió de ver en mi cara que decía la verdad, porque apretó los labios y se ruborizó ligeramente, apartando la vista al suelo.
-Gracias –dijo ahora en serio.
Sonreí, y le miré las manos. Tenía unos dedos largos y delgados.
-Vaya, ¿tocas algún instrumento? –le pregunté maravillado.
-Bueno… sí, toco el piano.
-Hum –asentí-. Me lo imaginaba. Dos buenos amigos míos también lo tocan.
Por supuesto, me refería a Andrew y a Jonan. Incluso a veces, cuando vivíamos antiguamente en Saints, hacían dúos tocando. Daba gusto oírlos.
-No conozco a nadie que lo toque –comentó ella-. Por eso tampoco quería aprender, pero me obligaron a tomar clases.
-El sonido del piano es una melodía maravillosa. Tienes suerte de hacer tocar un gran instrumento que con sólo una ligera canción te hipnotiza.
Eso pareció gustarle, porque se ruborizó todavía más y se terminó su taza. Yo también.
Pedí la cuenta, pagué, y ambos nos levantamos.
-Bueno, espero sinceramente que volvamos a encontrarnos, Jack. Ha sido un placer.
-Lo mismo digo, bella dama –le sonreí.
Y ella a mí. Nos despedimos y cada uno se fue por su camino. Sin embargo, deseaba enormemente volver a verla...

lunes, 1 de noviembre de 2010

Capítulo 57 (E)---(D)

* Aviso, capítulo no apto para menores de 12.
xD No, es coña, pero vamos, al que le parezca demasiado... raro, que no lea el final. Pero que quede claro que tienen que hacer esto por algo...


(E) Al salir del Portal, me encontré con un túnel hecho de hojas del bosque y ramas. Era bastante largo, pero lo recorrí sin problemas. Al llegar al final, no me creía lo que veían mis ojos.
Sencillamente no podía.
Era un pequeño campo de reluciente hierba, dónde al fondo había una gran cascada que caía sobre un lago. Y el suelo también estaba lleno de velas y rosas rojas.
Y en el centro de esta maravilla de, quizá, la naturaleza, aunque lo dudaba bastante, estaba Damen, con los brazos detrás de la espalda y sonriendo de esa forma tan poco usual. Sonriendo de verdad, sin sarcasmo ni burla.
-Damen… -susurré mientras avanzaba despacio, mirando a mi alrededor, los árboles, que estaban tan bien cuidados que parecían irreales, sin ninguna imperfección, a lo mismo que el cielo, lleno de estrellas y la luna, que reflejaba su luz entre el lago y el césped, bañando las flores y tornándolas plateadas.
Damen me tendió una mano. Me acerqué a él, y sin pensarlo dos veces, se la cogí.
-Esto… es un regalo para ti. Por todo mi, supongo, egocentrismo, y bueno, mis bromas pesadas… y mi falta de demostración de cariño hacia ti, a pesar de que te quiera más que a mi propia vida.
-Damen, sabes que no hacía falta. Yo ya sé que me quieres, y no tienes por qué molestarte en hacer todo esto, porque el tenerte a mi lado ya es suficiente demostración de amor por tu parte.
Me miró con ternura, y me besó brevemente.
-Lo sé, pero es que tengo miedo de perderte. Otra vez. Ahora… ahora que vuelvo a saber cómo son tus besos, no me conformaría con sólo besarte en mis sueños.
Le rodeé el cuello con los brazos y le besé con toda pasión posible.
Luego Damen me soltó a regañadientes, porque yo quería ver otra vez el pequeño paisaje.
-¿Cómo…?
-Este siempre ha sido mi lugar favorito para pasar el rato. Lo creé yo con, bueno, supongo que magia. Hace dos años más o menos. Quería esperar a una ocasión especial para enseñártelo.
-Gracias... No siempre alguien te muestra su único lugar en el que se siente de verdad estar en el paraíso.
-Elisa, mientras estés a mi lado, cualquier lugar me hace sentir como el paraíso.
Le miré. Nunca en la vida me había dicho palabras tan bonitas como las de hoy. Y él se había dado cuenta de lo que estaba pensando. Sonrió todavía más, me agarró con fuerza, aunque no mucha, la muñeca, y me llevó hasta la orilla del lago. El agua era cristalina, completamente pura y limpia. Parecía irreal, como los árboles. En realidad, como todo lo que me rodeaba.
-¿Cómo pude llegar a esto? –murmuré.
Damen frunció el ceño.
-No… no te comprendo.
-Todo. No… no sé qué hice en mi vida para ser… tan afortunada. El… el tenerte a ti, los seres fantásticos, este tipo de paisajes increíbles que parecen sacados de un cuadro…
Sonrió aliviado.
-Pues simplemente ser tu misma. Aunque bueno, a alguna le tenía que tocar, ¿no?
Le sonreí. Y le tiré al agua.

(D) Inesperadamente, mientras Elisa sonreía y yo le miraba embobado, me tiró al lago. Al volver a subir a la superficie, solté agua de mi boca y sacudí la cabeza, dejando caer gotas cristalinas por el aire de mi pelo ahora mojado. Le miré sonriendo y con el ceño fruncido. Me crucé de brazos.
-¿Sabes que ahora voy a tardar en secarme?
-Algo sí sabía –y se rió con dulzura desde el césped.
Suspiré débilmente por ella, sin que se notase demasiado, y con una rapidez sobrehumana, la cogí de la mano y la arrastré al agua conmigo.
Cuando subió también a la superficie, se frotó los ojos y me miró con ellos, entrecerrados, pero sonriendo.
-¡Ahora yo sí que voy a tardar en secarme! –dijo.
-Ah, no es mi culpa. Si no me hubieras empujado…
La voz se me fue apagando a medida que la veía mejor. Las gotas del agua cristalina se le resbalaban por su precioso y brillante pelo, cayéndole también por el rostro y el cuello. Tragué saliva de los nervios.
¿Pero por qué estaba nervioso?
Ella también se me había quedado mirando.
Sin saber siquiera lo que hacía, como si estuviera hechizado por ella, por sus ojos de color chocolate con los que podía perderme durante infinitas horas sin siquiera darme cuenta, alcé la mano hacia su mejilla y la acaricié despacio, para dejarla resbalar por su cuello hasta su chaqueta. Le bajé la cremallera con cuidado de poder hacer algo mal, y se la quité despacio, dejándola en el césped, en la orilla del lago.
Debía de reconocer que me había acostado con muchísimas chicas, pero esta era la única vez en la que me sentía nervioso de verdad. Ellas no me importaban; Elisa sí, y si le hiciera daño por alguna cosa, nunca me lo perdonaría.
Le quité la camiseta y el pantalón hasta dejarla en ropa interior. Ella se había ruborizado ligeramente.
Bañada bajo la luz de la luna, dentro del lago, parecía la criatura más perfecta que había visto en la vida.
Le acaricié la piel desnuda del brazo hasta llegar al hombro, y ya de ahí seguimos quitándonos la ropa hasta que, entre las suaves caricias, los besos apasionados en la piel mojada por el agua, la belleza del paisaje y la luz plateada de la luna, la hice completamente mía.