¡¡Cazadores de Sombras: Ciudad de ángeles caídos!! *¬*

miércoles, 16 de marzo de 2011

Capítulo 80 (K)

-Hum… -murmuré.
Giré sobre mí misma en el suelo, con los ojos cerrados, pero me di un golpe en la frente contra el armario.
-Ouch…
Me llevé las manos a la cabeza por el dolor, y abrí los ojos. En efecto, me encontré con mi amigo el armario.
Me incorporé, y busqué con la mirada a Damen. Al final me lo encontré sentado en el marco de la puerta, en el suelo, inconsciente.
Me levanté con el dolor palpitándome en la cabeza, y vi la habitación dar vueltas a mi alrededor, pero me acerqué igual. Le sacudí el hombro con suavidad.
-Damen… Damen, despierta… -susurré.
Damen abrió los ojos despacio, se los frotó con los dedos y parpadeó. Luego me miró.
-¿Kira? ¿Qué…?
Me encogí de hombros.
Con un poco de esfuerzo, se levantó, y se llevó una mano a la cabeza. Luego miró por la ventana. Frunció el ceño.
-Está oscuro… ¿Qué pasa aquí?
Tragué saliva sonoramente.
-Tengo miedo –murmuré temblando.
Damen me miró, se agachó y me levantó en brazos. Dejé de temblar. Salimos del compartimento hacia el pasillo, y las personas que estaban tiradas en el suelo dormidas empezaron a despertarse. Los ya despiertos se dirigían a las puertas del tren, para ver dónde estábamos.
Salimos del vagón. Miré a mi alrededor. Era una estación de tren, pero era imposible que hubiéramos llegado ya. La gente iba saliendo del tren poco a poco, hasta que finalmente también salió el maquinista, y todos los trabajadores.
-A ver… ¡A ver! ¡Por favor, tranquilidad! –gritó-. No sé qué ha ocurrido ni cómo hemos llegado hasta aquí, ¡pero que haya calma!
¿Calma? ¡Estábamos prácticamente a oscuras!
Me aferré al cuello levantado de la cazadora negra de Damen, asustada. Él me apretó más contra su pecho, dándome palmaditas en la espalda.
-Va, venga, tranquila –susurró mirando a algún punto del lugar.
Tenía los ojos entrecerrados. Quizá él podía ver a través de la oscuridad.
El bullicio que formaba la gente me ponía nerviosa. Podía sentir el miedo de todos y cada uno. Y eso ponía mis sentidos alerta.
De repente, una luz cegadora apareció al fondo del lugar, entre las sombras. Unas puertas.
La gente empezó a mirarse entre sí, desconcertada. Una chica empezó a ir hacia la puerta, curiosa. Por supuesto, era la misma de antes, la tal Frida. Los demás la siguieron con la mirada.
-¡Hey, mirad todos! –dijo después de ver lo que había en esa luz.
Todo el mundo empezó a caminar hacia allí, y nosotros también.
Al otro lado de las puertas, había una especie de plaza iluminada por luces de colores en los postes y las farolas. Pero era de noche, así que le daba un aspecto casi mágico al lugar.
Miré a Damen. Éste entrecerró los ojos, cegado por las luces, y mientras con un brazo me agarraba, con la mano del otro rebuscó en su bolsillo interior de la cazadora. Luego sacó unas gafas de sol de esas modernas y completamente opacas y se las colocó con un movimiento de muñeca. Frunció el ceño.
Un hombre bastante obeso y bajito, vestido de traje, apareció por la plaza. Se colocó delante de nosotros y sonrió. Abrió los brazos en un gesto de bienvenida.
-¡Vaya, hola a todo el mundo! Es increíble, nunca habíamos tenido tantos turistas…
El maquinista del tren se cruzó de brazos.
-Hum, en realidad no sabemos cómo llegamos aquí… íbamos hacia el norte cuando…
-Sí, bueno, a veces puede pasar el equivocarse de camino.
Eso debió de cabrear al maquinista, porque percibía su enfado y ansiedad.
-¿Perdone? Yo nunca me equivoco de camino, señor. ¡Vamos por las vías, por el amor de Dios!
-Bueno, bueno… No quiero empezar mal. Este es mi pueblo, False Palace.
-¿False… Palace? Es un nombre… hum… exótico, supongo.
-Sí, eso dicen. Bien, estamos en fiestas, así que podéis pasear por dónde queráis. ¡Oh, qué maleducado soy! Llámenme Richard. Adelante.
Damen suspiró, me dejó en el suelo, y me cogió de la mano. Miró a los lados.
-¿Y ahora? –pregunté con voz inocente.
-Hay que buscar. Está clarísimo que esto no fue una casualidad. Ese tal Keiran nos hizo una jugada.
-Hum –de repente me sonaron las tripas.
La gente se fue esparciendo, un poco confusa y conmocionada, algunos con ganas de volver al tren, otros asustados, otros curiosos…
Damen me miró divertido.
-¿Tienes hambre?
Asentí con timidez. Me apretó la mano y me indicó con la cabeza que empezáramos a andar.
-Vamos. Te compro algo y empezamos a buscar. No te separes de mí, ¿entendido?
Sonreí débilmente y empezamos a caminar.
Tenía tantas ganas de encontrar a Elisa…