¡¡Cazadores de Sombras: Ciudad de ángeles caídos!! *¬*

viernes, 13 de agosto de 2010

Capítulo 30 (E)

Antes de petar, vacilé. ¿Y si de verdad estaba enfadado? Quiero decir, que no quiere dirigirme la palabra, o que no quiera volver a verme…
Tragué saliva, y peté. Nada. Volví a petar. Ninguna respuesta. Me decidí a abrir la puerta con cuidado, sin hacer ruido, y cuando entré, la cerré. Luego me di la vuelta y me encontré con que Damen estaba… completamente dormido, con un libro abierto sobre el pecho, un brazo detrás de la cabeza y los tobillos cruzados. Su pelo plateado parecía brillar bañado con la luz de la luna y el reflejo del cristal de los edificios desde la ventana, creando sobre él un efecto mágico.
El corazón me empezó a latir desbocado, pero me mantuve firme. Me acerqué con cuidado a la cama, y me senté en el borde, a su lado.
-Damen… - hizo un pequeño gruñido-. Damen.
Le toqué una mejilla, y él, quizá por instinto, puso la mano libre encima de la mía, con suavidad. Me ruboricé, e intenté quitarla, pero mi cuerpo no reaccionaba.
-Kate… -murmuró con voz profunda.
Puse los ojos en blanco. Otra vez con Kate. Quité mi mano de su mejilla con fuerza, dejando caer la suya sobre la almohada, y se despertó de repente. Se incorporó, dejando caer el libro abierto a un lado de la cama, y con ojos entrecerrados, me miró:
-¿Kate…?
-Nooooooo… Siento decírtelo, pero soy Elisa. ¡Sorpresa!
Bufó y volvió a acostarse, frotándose la cara con las dos manos.
-Lárgate.
-No me voy a ir sin que hablemos.
Chasqueó la lengua, se sentó y se cruzó de brazos
-No hay nada de lo que hablar. Ya puedes irte.
-Damen…
-Eres estúpida y estás arrepentida. Hala, ya aclaramos todo. Venga, vete.
Suspiré, pero no me iba a dejar intimidar.
-¡Damen, escúchame! Lo siento, lo siento muchísimo, y sinceramente no sabía que te ibas a poner así por…
-¡¿Cómo no me iba a poner así, so burra?! ¡Es que tú no sabes nada de este mundo! A ti puede parecerte una maravilla, un sueño hecho realidad, pero para nosotros, los residentes, es una lucha constante como cualquier otro lugar. Y aquí también hay gente traicionera, aunque no lo creas.
-Está bien, entonces yo… perdóname.
-Perdonada. Ahora vete.
-No lo dices en serio. Sólo lo dices para que me vaya.
-Vaya, qué sagaz. Es increíble cómo funciona tu mente, ¿eh?
Apreté los labios.
-Oye, todos cometemos errores, y todos tenemos defectos. Tú tienes defectos, y siempre te los perdono.
-Eso es mentira. Porque mi único defecto es que soy perfecto.
-La perfección no existe, Damen.
-Quién se inventó esa frase no me conocía.
Suspiré.
-Damen, mañana voy a ir a por mi familia, y si por un casual me ocurriera algo, me gustaría que me perdonaras ahora.
Frunció el ceño, y miró hacia otro lado. Lancé un suspiro cansado y me levanté.
-Está bien, como quieras. Visto lo visto no me vas a ayudar con mi memoria, ¿eh?
-Que te ayude tu padre.
Puse los ojos en blanco y me dirigí hacia la puerta.
-Está bien, como quieras. Hasta… bueno, hasta cuando sea.
Y salí de allí, pero estaba completamente segura de que había visto preocupación en sus ojos cuando me levanté. Aunque claro, era Damen, y con él nunca se sabe.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Capítulo 29 (E)

Damen tenía el ceño fruncido, los brazos cruzados y los puños y la mandíbula apretados. Incluso los nudillos los tenía blancos. Empecé a temblar. Esperé en la puerta a que él se acercara, pero no lo hizo. Así que avancé unos pocos pasos, y tragué saliva del miedo.
-Damen… lo… lo siento muchísimo, sé que te dije que no… -intenté explicarme, pero la voz se me fue apagando a medida que veía sus ojos.
Suspiré. Él siguió escrutándome con la mirada unos segundos más, mirándome de hito en hito, y empezó a hablar:
-Tú sabes… ¿tienes una simple idea, una milésima idea, de lo que acabas de hacer? –susurró, pero estaba claro que tenía ganas de gritar.
-Pu… pues… yo… Bueno, quizá…
-¡No, no la tienes, porque eres simple y sencillamente estúpida! ¡¿Sabes el susto que me has dado?! Oh, no, ¿cómo la iba a tener si la señorita estaba ocupada escapándose de casa?
La gente que pasaba se volteaba para ver de dónde venían los gritos. Se sorprendían un poco de que vinieran de Damen.
-Es… está bien, mira…
-No, ni se te ocurra excusarte ahora. Ya es muy tarde. Demasiado tarde. Y espero que esto te sirva de lección por tu estúpida insensatez. Que lo disfrutes, porque si lo que querías era cabrearme, enhorabuena, lo has conseguido. Pero sobre todo, me has decepcionado.
Guardó las manos en los bolsillos del pantalón, se dio media vuelta y se fue. Yo me había quedado sin palabras. Y un ramalazo de arrepentimiento apareció en mí, pero lo hecho, hecho estaba.
Volví a suspirar. Todo esto es una locura, pensé. ¿Por qué iba a molestarse tanto si…? El señor fue muy amable, y no…
El guardia de la derecha se acercó a mí.
-Oye, he visto cómo Damen te gritaba. Jo, chica, ¿pero cómo hiciste para enfadarlo tanto?
-Sinceramente, no lo sé.
Me miró a conciencia.
-Hum. Por un casual, te llamas… nah, no puede ser.
Le miré.
-¿Qué?
-No, nada, pero venga, que seguro que te perdona.
Sacudí la cabeza, y me fui hacia la casa. Al entrar, Susan se lanzó hacia mí, dándome un fuerte abrazo que incluso me levantó del suelo.
-¡Elisa! ¿Dónde te habías metido? ¿Sabes lo preocupados que estábamos?
Jack y Cecil se acercaron. Me sonrieron.
-Menos mal que estás bien. Pero me parece que cuando Damen entró no parecía muy contento. ¿Te riñó? –dijo Jack.
-Sí –suspiré-, y estoy completamente segura de que ahora me odia con toda su alma.
Cecil soltó una risotada.
-¡Ja! Ya sabía yo que me caías bien por algo.
Jack puso los ojos en blanco, y me miró.
-¿Y qué vas a hacer?
-Hablaré con él. Será difícil, pero por lo menos…
Asintió. Susan me soltó y me dio una suave palmada en la espalda.
-Venga, chica, que sé que tú puedes con él.
Sonreí débilmente.
-Pero espera a la noche, no creo que ahora esté dispuesto a nada –me previno Jack.
-Quizá tengas razón.
Damen no bajó en toda la tarde. Cuando eran más o menos las diez u once, no estaba segura, decidí que ya era hora de hablar. Mientras los demás veían la televisión, yo subí las escaleras y me dirigí a su habitación.

lunes, 9 de agosto de 2010

Capítulo 25/26 (Final)

Por la mañana, nos despedimos de Victoria y nos fuimos en dirección a casa.
Y por fin habíamos llegado.
Cuando se veía el castillo de Ralph a lo lejos, él me lo señaló.
-Mira, ya estamos –dijo sonriente.
Yo le abracé. Al llegar, los guardias que nos buscaban, al vernos, gritaron de alegría. Nos llevaron al castillo de Ralph, y sus padres nos recibieron también alegres. La madre incluso lloraba.
-¡¡Hijo mío!! –sollozó-. ¡Estáis bien! ¡Menos mal!
-Sí –respondió éste-. Pero tranquila…
Su padre intervino. Tom apareció detrás de él, con los ojos dilatados de la alegría. Ralph le revolvió el pelo cariñosamente.
-¿Entonces… seguís queriendo casaros? –preguntó el rey.
Ralph me miró interrogante. Me acerqué a él y le abracé.
-Yo estoy dispuesta –dije.
-Yo lo mismo –respondió él mientras me daba un beso en el pelo.
El rey dio una palmada.
-¡Perfecto! Y habéis aparecido justo en el momento adecuado.
-Claro –dijo Ralph pensativo-. Mañana es la boda.
-¡Sí! Venga, Raquel, te llevaremos con tus padres. Están muy preocupados por ti.
Yo asentí, y me llevaron en carruaje hasta mi casa. Al verme aparecer, mis padres se lanzaron a abrazarme.
-¡¡Ay, mi niña!! ¡Estás bien! –dijo mi madre.
-¡Creímos que te había pasado algo! –exclamó mi padre.
Sonrieron. Mi madre, después del abrazo, me miró preocupada:
-Pero… ¿no quieres casarte con el príncipe?
Sonreí.
-Mamá, no hay nada que desee más que casarme con él. He descubierto que… él también tiene corazón, aunque no lo demuestre a menudo.
Mis padres empezaron a saltar felices. Yo sonreí.
Por la noche, Silvia probaba con mi pelo varios peinados. Y mientras hablábamos:
-Silvia, nadie me lo había dicho, pero… ¿Recuerdas el niño del que te hablé la noche anterior en la que conocí a Ralph?
-Claro que sí.
-¡Pues es él!
-Lo sé.
La miré por el espejo.
-¿Cómo que… lo sabes?
-Cielo, llevo cuidándote desde que naciste. Te he visto crecer como he visto crecer también a Ralph. Sin duda tiene la misma cara de niño que siempre.
-¿Y por qué no me lo dijiste?
-Quería que lo descubrieras tú misma.
-Vaya, gracias mujer –suspiré-. De todos modos… Gracias por todo, Silvia.
Sonrió. Al final me dejó un moño como peinado para mañana. Luego se fue, y yo me acosté.
Hasta que a medianoche escuché ruidos en la ventana. La abrí, salí al balcón y me encontré con Edward.
Me horroricé.


-¡Raquel! –susurró.
-Ed… Edward, ¿qué… qué haces aquí?
¡Ya no me acordaba de él!
-¿Qué crees? ¡A liberarte! ¡No tendrás que casarte con ese bastardo si vienes conmigo!
A ver cómo le decía yo ahora a éste que en realidad sí quería casarme con Ralph.
-¿Cómo has llegado…?
-Os seguí. ¡Venga, baja!
Suspiré.
-No, Edward.
Me miró ceñudo.
-¿Qué?
-Edward… me voy a casar mañana con Ralph.
-¿Es que quieres pasar el resto de tu vida con él?
-Sí, eso es lo que quiero. Me… me he enamorado de él. ¡Lo siento! No pretendía…
Miró al suelo, y luego a mí, de hito en hito.
-Primero me roba a mi hermano, y luego a la mujer que amo –suspiró-. Está bien. No haré nada. Ni diré nada. Pero que sepas que estás cometiendo un grave error.
-No lo creo. Lo siento, Edward. Nunca imaginé que… que yo pudiera… Lo siento.
Asintió y se fue sin decir nada más. Estaba segura de que no lo volvería a ver más, y eso me creaba una gran agonía. Me hubiera gustado que pudiéramos ser amigos.
Después de esto, me volví a acostar y me dormí.
Por la mañana seguía pensando en ello, pero de todos modos lo olvidé.
Mi padre me despertó personalmente.
-¡Cariño, hoy es el día! -me dijo cuando me hube levantado de la cama-. ¡Hoy es la boda!
-Papá, ya me he dado cuenta.
Sonrió ampliamente, y yo me fui a desayunar.
Finalmente, subí a mi habitación con Silvia. Mientras me vestía y me peinaba, estuvimos hablando.
-¿Emocionada, señorita? -me preguntó.
Suspiré, pero asentí, sin poderlo evitar, con una sonrisa. El corazón me iba a mil.
-La verdad es que sí. Me alegro muchísimo de casarme con él, pero también estoy nerviosa. ¿Y si... y si es Ralph el que se echa atrás?
-Pero no diga eso, señorita. Ralph la quiere mucho. No sería capaz de hacer algo así.
-Eso espero, de verdad.
Después de dos o tres horas más o menos, ya estaba lista. La boda empezaba dentro de media hora, y mi corazón iba muchísimo más rápido que antes.
Silvia me acompañó a la carroza tirada por dos caballos. El conductor me saludó quitándose el sombrero. Yo le sonreí y subí.
Lo peor fue cuando llegamos a la iglesia. Pensé que iba a desmayarme de los nervios. El estómago me dolía horriblemente, así que respiré hondo para calmarme.
Las puertas estaban ya abiertas, con todo el mundo esperando, expectante. Bajé de la carroza con cuidado y con ayuda del conductor. Caminé hacia las puertas, y escuché algunos grititos y susurros que decían: "¡Aquí está la novia"
Mi padre vino a mi encuentro, me tendió su brazo y yo se lo cogí. Me sonrió y me dio un beso en la mejilla. Las pequeñas damas de honor caminaban detrás de nosotros.
-Cariño, estoy muy orgulloso de ti -murmuró.
-Gracias, padre -le sonreí.
Entonces, mientras avanzábamos, alcé la mirada al altar, y me encontré con los brillantes ojos de Ralph, que sonreía feliz y no me quitaba el ojo de encima, maravillado. No pude evitar ruborizarme y mirar al suelo, hasta que me encontré con la mirada de mi hermana, Jess, y su marido. Entonces supe que era afortunada de casarme con el hombre al que amaba.
Al llegar al altar, mi padre nos juntó las manos, y retrocedió a un lado.
-Estás preciosa... -susurró Ralph-. Bueno, no. Preciosa es poco comparado contigo.
Sonreí, y todos mis miedos se fueron de repente. Me hubiera gustado besarle ya mismo, pero tendría que esperar.
El sacerdote dijo el sermón antes de llegar a los sí quiero.
Y llegaron. Cuando le preguntó a Ralph, éste dijo "sí quiero" sin vacilar, sin embargo, cuando me preguntó a mí, yo miré por la iglesia hasta posarse en los ojos azules de Edward. Me impresioné de que estuviera allí, que pudiera soportar esto. Me miraba entre apenado y feliz, quizá por verme feliz a mí. Y entonces miré otra vez a Ralph, con cara de preocupado. Le sonreí, y asentí.
-Sí, quiero -dije finalmente.
Suspiró aliviado. Entonces nos tendieron los anillos. Yo se lo puse a Ralph, y él a mí, obviamente. Y por fin, el sacerdote dijo:
-Puedes besar a la novia -Ralph no se lo pensó dos veces, me rodeó la cintura con los brazos, y levantándome un poco del suelo, me besó.
Todos estallaron en gritos de júbilo y demás. Y aunque después de besarnos me moría de la vergüenza, sonreí. Pero no pude evitar enterrar el rostro en el pecho de Ralph, mientras éste me miraba con toda la ternura posible.
-Te quiero -me dijo Ralph y, si no me equivocaba, fue la primera vez que me lo dijo.
-Es... la primera vez que...
-Lo sé, pero quería esperar al final. Te quiero, te quiero, te quiero -me volvió a besar.
-Qué suerte tenerte a mi lado...
-Y yo de tenerte a ti... Quizá fue el destino volver a encontrarnos, quién sabe. Sólo sé que estoy en deuda con él.

*Bueno, y aquí termina la historia de Destino. Si a alguien le entra nostalgia o quiere volver a leer la historia o cualquier cosa, lo pondré aquí, en este blog, en formato PDF para quién quiera, que lo descargue, y para no estar buscándolo en los archivos ;)
La próxima entrada será la continuación de Night of Angels, y si alguien no recuerda dónde quedé, pues lo mira y listo xD
Bueno, y esto es todo. ¡Gracias por leerme! ^^

sábado, 7 de agosto de 2010

Capítulo 23/24

*Antes de nada, me gustaría comentar algunas cosas.
Chiara, quizá sí, ése suele ser mi tipo de chico favorito, y como los de los demás son tan... no sé, unos santos, pues yo decidí hacerlos malos ;)
Y Melanie, sinceramente estoy totalmente de acuerdo contigo. No quería ni quiero ser grosera, pero yo hago este tipo de historias para que sean una sorpresa. Si, como ha dicho ella antes en el anterior comentario, sabéis lo que pasará más adelante, por favor, guardároslo para vosotras, y no se los desveléis a las que todavía no lo saben, porque entonces la sorpresa se fastidia. Así que por favor, no digáis nada. Me gusta que comentéis, lo sabéis todas perfectamente, pero no arruinando la historia. Como dijo Melanie, opinar que sabréis lo que pasará, pero no lo digáis ;)
Gracias, y ahí van los capítulos:


Ralph y yo llegamos esta vez a un pueblecito pequeño que parecía que él lo conocía perfectamente. Al entrar, nos bajamos del caballo y Ralph me cogió de la mano. Me llevó hasta una casa que había más o menos en el centro, y ató las riendas del caballo en un poste.
-¿Dónde estamos? –pregunté intimidada.
-Te quiero presentar a alguien.
Petó en la puerta. A los cuatro segundos, una chica de facciones bastante parecidas a Ralph apareció por ella. Al verlo, sonrió ampliamente.
-¡Primo!
-Hola, Victoria.
-¿Pero qué haces aquí? ¿No estás algo lejos de tu casa?
-La verdad es que sí, pero ya que volvíamos, decidí venir a visitarte.
Se dieron dos besos en las mejillas y luego la chica reparó en mí. Sonrió todavía más.
-Vaya, vaya, ¿pero quién es la niña de tus ojos?
Yo no dije nada. Seguramente estaba ruborizada, porque sentía arder la cara por el comentario que dijo. Ralph sonrió al ver mi timidez, y me dio un beso en el pelo.
-Es Raquel, ¿la recuerdas? La niña con la que yo pasaba todo el día cuando éramos pequeños.
Un brillo de comprensión apareció por los ojos de Victoria.
-¡No me digas que es esa niña tan mona! –se acercó a mí y me abrazó-. ¡Pero bueno, qué digo, si ahora todavía estás más guapa! Ah, ¡pero pasad! No os quedéis ahí.
Ambos pasamos.
Al rato, nos vimos sentados alrededor de una mesa tomando té delante de un fuego. La verdad es que se estaba genial ahí dentro.
-Increíble –Victoria no me quitaba los ojos de encima.
Le sonreí un poco incómoda, y empecé a beber de mi té.
-¿Increíble qué? –preguntó Ralph.
-¿Tú qué crees? Nunca habría creído que tú, exactamente tú, cayeras en las redes de Cupido.
Ralph empezó a reír.
-¿Por qué lo dices?
-¿No se nota? Sin duda estás muy enamorado de ella –dijo señalándome con la cabeza.
Por la sorpresa, escupí el té de mi boca, manchando el mantel de la mesa. Empecé a toser. Ralph se levantó rápidamente y me dio palmadas en la espalda.
-¡¿Estás bien?! ¡Raquel!
Dejé de toser. Asentí débilmente. Ralph suspiró y se volvió a sentar en su sitio, bastante nervioso.
-Un día vas a matarme del susto.
-Lo siento –me disculpé avergonzada.
Victoria estaba intentando limpiar el mantel con un paño.
-Por favor, déjame ayudarte… -dije con un hilo de voz.
-No te preocupes, esto se seca como si no hubiera pasado nada –se sentó, y yo con ella-. Pero bueno, ¿y esa reacción? Ralph, ¿todavía no le has dicho que la quieres?
Me quedé con la boca abierta. Vaya, Victoria no se andaba por las ramas, y aunque sé que su intención era buena, me estaba empezando a poner nerviosa.
Ralph miró a la mesa.
-Bueno, yo…
-Es… esto… ¿podéis disculparme? Vuelvo ahora –dije.
Bajo sus miradas preocupadas, salí de la casa rápidamente. Como era casi de noche, no había nadie por la calle. Me senté en un banco de piedra que había por allí, viendo las estrellas del cielo junto con la luna llena. Una noche muy romántica, sin duda.
Suspiré. Después de un rato, sentí unos pasos detrás de mí.


Me volví despacio al escuchar los pasos, y me encontré con los ojos preocupados de Ralph. Me sonrió débilmente y se sentó a mi lado, en el banco. Miró al cielo.
-Vaya, menuda luna, ¿eh? Bonita noche.
-Sí, supongo.
Posó sus ojos en los míos, pero yo aparté la mirada al suelo. Él alzó mi barbilla para obligarme a verle.
-Eh, Raquel, por favor, mírame. Hablemos, ¿de acuerdo? –suspiré-. ¿Qué te pasa?
-Nada.
Bufó.
-Cuando las mujeres decís que nada, es que es algo, así que…
Le miré directamente a los ojos, y noté cómo se estremecía.
-Está bien. Victoria tiene razón. ¿Por qué nunca me has dicho que me quieres?
-Bueno, ¿tú me lo has dicho a mí?
Apreté los labios.
-No –contesté con un hilo de voz-, pero tú ya sabes… bueno, eso…
-¿Qué sé el qué?
-Eso.
-Eso pueden ser muchas cosas, Raquel.
Ralph sabía perfectamente lo que quería decir, pero estaba segura de que quería escucharlo.
-Eso… que te quiero… -contesté rápidamente y muy, muy bajito.
Me miró divertido, y con una sonrisa burlona.
-No me he enterado de nada.
-Que te quiero –otra vez muy rápido pero un poquito más alto.
-¿Eh?
-¡Que te quiero! –grité. Me tapé la boca con las manos.
Me sonrió con dulzura y maldad sana.
-Eso era lo que quería.
Se levantó, se cruzó de brazos y miró al cielo.
El corazón me empezó a latir con rapidez, ya que la luz de la luna le daba reflejos plateados a su pelo dorado y le hacía brillar los ojos de un modo mágico. Me miró y sonrió antes de volver a mirar la luna. Me levanté y me coloqué a su lado.
-Te eché muchísimo de menos todos estos anteriores años –dijo-, pero todo ese sufrimiento habrá valido la pena si paso los años que nos quedan juntos.
Sentí cómo me ruborizaba. Me cogió de la mano y las miró debajo de la luz. Yo me perdí en sus ojos. Esto que sentía por él era demasiado fuerte. Quizá por todos estos años que permanecimos separados. Y estaba segura de que él sentía lo mismo.
Alzó la otra mano y me acarició la mejilla. Se inclinó y apoyó su frente sobre la mía, cerrando los ojos. Yo también los cerré, disfrutando de ese momento único.
-¿Sólo… eres así conmigo? –susurré.
-¿Así cómo? –dijo todavía con los ojos cerrados.
-Bueno… este lado tuyo tan tierno… no sé, desde el baile nunca te había visto… así, como ahora.
-Tampoco hacía falta –los abrió-. ¿O prefieres compartirlo con las demás personas?
Me acerqué más a él y apoyé mi cabeza en su hombro. Él, un poco sorprendido, apoyó su mejilla en mi pelo, rodeándome con los brazos.
-Si te dijera que no… ¿creerías que soy una egoísta?
-No. Sólo pensaría que me quieres para ti sola.
-Entonces no. No quiero compartirlo…
Sentí cómo sonreía, y miró la luna.
-Me encantaría regalarte la luna…
-No tienes que prometerme la luna.... Me basta si sólo te quedas conmigo un rato debajo de ella.
Rió débilmente.
-Entonces deseo concedido.
Y nos besamos, hasta que empezó a hacer frío de verdad y entramos dentro.

viernes, 6 de agosto de 2010

Capítulo 21/22 (un poco largo, quizá ^^")

Me desperté en medio de mucha gente enferma. Los monjes y algunas mujeres cuidaban de ellos, y llevaban una máscara en la cara hecha de piel. Buen método para no contagiarse.
Me erguí despacio, pero me dolía todo, estaba sudando y el estómago lo tenía revuelto. Se podían escuchar gritos de enfado detrás de la puerta.
-¡¿Cómo que no puedo entrar?! ¡¡A mí no me prohíbes nada!! ¡¡Déjame entrar!!
-Pero señor, no podéis…
-¡¡Mi amiga está dentro!! ¡Déjame entrar o te juro…!
La puerta se abrió de repente, llamando la atención de todos los que estaban conscientes, y Ralph apareció por ella corriendo hacia mí, seguido de dos monjes que intentaban frenarlo.
-¡Raquel! ¡Me habías asustado! –Gritó bufando de cansancio cuando llegó-. ¡No vuelvas a hacerme eso!
-Lo siento… -dije sin fuerzas.
Me tocó la frente, e hizo una mueca.
-Estás ardiendo –susurró más para sí que para ambos.
Miró a su alrededor, y frunció el ceño. Una monja vino a nuestro lado, y se extrañó de que Ralph no tuviera la mascarilla.
-Oh, ¿vienes a ayudar? –le preguntó.
Ralph bufó.
-¿Yo, ayudar a estos moribundos? Qué más da, si total se van a morir igual –una señora que sudaba a chorros se giró hacia él asustada-. No, no me mire así, señora. A usted le doy cinco horas, así que yo si fuera usted no dormiría –y le guiñó un ojo.
La señora se desmayó del susto.
-¡Ralph, calla! –grité susurrando.
Se giró hacia mí, y me miró nervioso.
-No me refería a ti. Seguro que sobrevives, pero es que los demás tienen una pinta horrible. Mira ése, que incluso le sale pus de la piel. Y ese niño tiene unas manchas horribles en el cuerpo, y eso significa que se morirá dentro de poc…
De repente enmudeció, y se me quedó mirando horrorizado. No, no a mí, sino a mis brazos. Yo dirigí mi mirada a dónde él veía, y también me asusté. Me cogió rápidamente un brazo, y luego me miró despacio a los ojos.
-Significa que le queda poco de vida –concluyó ahora sin un atisbo de humor-. Y tú también tienes esos hematomas.
Tragué saliva con miedo, y pude notar que él también.
-Ralph… tengo miedo… -lloriqueé.
Él me abrazó con todas sus fuerzas, mientras me acariciaba el pelo con una mano.
-No puedo… no puedo perderte otra vez… -dijo con notable dolor en la voz.
Se separó de mí, y puso sus manos en mis mejillas mientras me apartaba el pelo mojado por el sudor hacia atrás.
-Te vas a recuperar, ¿me oyes? No te preocupes. Cuidaré de ti.
Reí débilmente.
-Pero Ralph, siempre has dependido de alguien y apenas eres capaz de cuidar de ti mismo… Además, ¿no decías que tú no te preocuparías nunca de cualquier persona que se te pusiera por delante aunque le cogieras cariño?
Sonrió levemente, pero con tristeza.
-Sí, pero hay una ligera diferencia. Tú no eres cualquier persona.
Me quedé embobada al escuchar sus palabras a la vez que me quedaba mirando sus preciosos ojos, pero un dolor repentino en el estómago y en la cabeza me consumía por dentro. Llevé mis manos a mi estómago, y me encogí de dolor.
-Raquel, ¿qué…? ¡Acuéstate!
Me empujó levemente, y me tendí en la cama. Y me volví a desmayar.


Abrí los ojos con cuidado, mirando el techo de piedra del convento. Y me sorprendí al descubrir que ya no me dolía nada. Me erguí, y me miré los brazos. Ya estaba bien. Sin embargo, miré a mi alrededor, ya que no había casi nadie; sólo una mujer y algún que otro hombre o niño dormidos, pero nadie más. ¿Qué había pasado?
Un monje apareció por la puerta, y al verme despierta, sonrió.
-¡Vaya! ¡Has sobrevivido!
-¿Cómo? –dije con un hilo de voz.
-Sí; la mayoría de las personas murieron con la enfermedad. Las personas que quedáis seguís vivas. Y tienes suerte, ya no puedes volver a contagiarte. No puedes contraerla dos veces. Y también, incluso, algunas personas ya ni la cogen –se cruzó de brazos pensativo-. Realmente extraño y fascinante. Pero bueno. Puedes irte.
Asentí sonriente. Bajé de la cama.
-Pero… ¿sabes dónde está un chico llamado Ralph?
-Emmm… ¿te refieres a ese joven rubio que intentaba por todos los medios entrar otra vez –dijo remarcando las dos últimas palabras- mientras maldecía y se cagaba en nuestro Señor? -Asentí un poco avergonzada-. Sí, seguramente estará afuera. Ah, y hazme un favor, enséñale modales, si no te importa.
Me mordí el labio inferior y asentí con una sonrisa.
Salí del convento, y lo busqué por todas partes. Al final me lo encontré en un banco, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Me acerqué a él despacio. Estaba segura de que me había sentido, pero ni se había molestado en mirar quién era. Me senté a su lado y le acaricié su pelo dorado. Él levantó la cabeza bruscamente, y al ver que era yo, abrió mucho los ojos y sonrió.
-¡Raquel!
Me atrajo hacia él por un brazo y me abrazó. Luego se separó, me miró de arriba abajo, y suspiró.
-Pensaba que… Bah, yo que sé qué pensaba ya.
-¿Cuánto tiempo llevo dormida? –pregunté.
-Tres días.
-¿¡Tres días?!
-Sí.
-Y… ¿y esperaste por mí… cuando podrías estar ahora mismo en tu casa?
Se encogió de hombros y bajó la mirada avergonzado.
¿Ralph, avergonzado de algo? ¿Pero quién es este y qué ha hecho con el verdadero Ralph?
Chasqueó la lengua.
-¿No recuerdas que te dejé bien claro que si no me casaba específicamente contigo no obtendría mi premio? –y sonrió con burla.
-Agh, ha vuelto el Ralph de siempre –mascullé.
Me miró interrogante, pero luego lo entendió, y se echó a reír.
-¿Qué te esperabas? Yo soy como soy, y al que no le guste, mando que lo ahorquen, y listo.
-Ah… por eso nadie te contradice…
-Vaya, qué sagaz estás últimamente, ¿no?
Ambos reímos otra vez, y nos levantamos.
-Venga –empezó-, ya que estás bien, habrá que seguir, ¿no crees?
Asentí, y nos subimos al caballo. Cuando empezamos a cabalgar, me vino una pregunta.
-¿Y dónde dormiste?
-Ah, en el hostal que había al lado, pero quería largarme de ahí cuanto antes. La hija de la mujer me tiraba los tejos. Y la mujer también.
Apreté la mandíbula, y carraspeé.
-Vaya, vaya, vaya. ¿Estás celosa?
-¿Yo, celosa? Por favor, no seas ridículo… En-en serio, no… ¿por qué debería…? –pero se me fue apagando la voz a medida que inventaba.
Él sonrió.
-Quizá, entonces, debería hablar más con jovencitas guapas para…
-¡Ni se te ocurra! –solté sin querer.
Me mordí la lengua, y me giré levemente para mirarle mejor.
Pero en vez de encontrarme con su mirada burlona, me topé con sus labios sobre los míos.
Al momento, los separó.
-Que te quede bien claro que te quiero a ti y sólo a ti.
Y me volvió a besar. Llevó una mano a mi pelo y otra a mi cintura, acercándome más a él, hasta que, sin darnos cuenta, nos caímos del caballo. Éste se quedó parado en el camino, y nosotros en el suelo. Ralph había caído de espaldas, y yo encima de él, aún así había dolido.
-Ay… -dijo sin respiración.
-¡¿Estás bien?! –dije mientras me incorporaba.
Pero él me envolvió entre sus brazos y me siguió besando, hasta que nos dimos cuenta de que llevábamos mucho rato todavía tirados en el suelo.
Nos levantamos. Yo sacudí mi capa. Luego le miré. Él sólo sonreía sin apartar los ojos de mí.
-De vez en cuando está bien que te pongas celosa, por cierto –concretó-. ¿Vamos?
Sonreí, asentí y nos volvimos a subir al caballo. Y esta vez espero que no nos volvamos a caer.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Capítulo 19/20

-Así que era eso, ¿eh? –se rió-. Al parecer, y después de algún esfuerzo, te caigo bien.
-Siempre me caíste… bueno, casi siempre me caíste bien. Es sólo que… eres tan… no sé cómo decirte…
-¿Imprevisible? Ésa es la impresión que quiero causar. No me gusta la gente. Y eso que debo tratar con ella.
-Oh. Entiendo.
Flexionó la pierna y apoyó el antebrazo en la rodilla, respaldándose en el tronco del árbol. Yo también me apoyé. Y ambos a la vez nos miramos.
Sentía cómo el corazón me iba a cien por hora, como loco, y cómo me ruborizaba. Pero no quería parar de mirarle. Me era imposible. Él sonrió levemente, alzó la mano que tenía encima de la rodilla y me tocó la mejilla ruborizada, vacilante por si yo apartaba la cara, con suavidad y ternura, algo que parecía imposible en él. Luego se apartó.
-Quiero contarte algo –dijo serio-. De pequeño creyeron que yo era… autista. Ese tipo de niños que no responden a nada.
-¿Y por qué?
-Porque, como ya dije, no hacía caso. Estaba todo el día en mi habitación. No me gustaban los otros niños, y siempre que me preguntaban algo los ignoraba. No me gustaba el mundo, a decir verdad. Pero cuando tú llegaste a él… Nuestros padres eran viejos amigos, ya sabes, y tu padre le dio la gran noticia al mío de que ya habías nacido. Pero mi padre no podía ir, así que tardamos un año entero en ir a verte. Con dos años, yo racionalizaba las cosas a mi manera. Mis padres todavía no habían perdido la esperanza conmigo. Y entonces, fue cuando te vi por primera vez. Estabas durmiendo en tu cuna. Yo no quería ir a verte, pero mis padres me obligaron. Eras… en ese momento creí que eras la cosita más bonita que había visto en mi vida. Al final no me separé de ti en todo el día. Y fue cuando dije mi primera palabra.
-¿Cuál…?
Miré hacia él, y me sonrió con dulzura.
-Mi nombre… -susurré. Él asintió.
Unas lágrimas aparecieron por mis ojos, pero intenté no derramarlas, aunque sin mucho éxito.
-Así fue como reaccionaron mis padres. Pero no quiero verte llorar –me enjuagó las lágrimas-. Se sentían tan contentos, que al final nos mudamos a tu ciudad. Y tú y yo crecimos juntos. Nos pasábamos todo el día jugando y demás. Hasta que, ya sabes, cuando cumplí los siete años, tuve que irme.
Suspiré.
-Sí… recuerdo que al día siguiente, al ver que no venías a jugar, me puse muy triste. Había llorado todo el día –dije.
-Lo siento. Aunque yo también lo pasé fatal. Supongo que descargaba mi ira sobre otros. Por eso soy así de… cruel.
-Ahora mismo no lo parece.
-Eso es porque… no sé, siento que estoy en deuda contigo. Fuiste la primera persona en el mundo que me hizo sonreír.
Después de todo esto, subimos al caballo y empezamos a avanzar otra vez. Pero esta vez yo rebosaba de felicidad.


Después de más camino, nos encontramos con otro pueblo. Me extrañó que no hubiera nadie por la calle. Pero Ralph parecía confundido.
-¿Qué pasa? –le pregunté mientras, en la entrada, bajábamos del caballo.
Frunció el ceño, y se cruzó de brazos.
-Es… es imposible. Se suponía que el camino por el que íbamos orientados tendría que habernos llevado a… -miró a su alrededor, y cerró los ojos, comprendiendo algo que yo no sabía-. Hemos ido hacia el sur. Nosotros vivimos en el norte. ¿Cómo he podido equivocarme?
-¿Puedo ayudaros? –preguntó una voz masculina detrás nuestra.
Di un respingo por el susto, y ambos nos volvimos. Era un hombre de mediana edad, que sonreía confiado, y que llevaba traje de monje, aunque tenía cara de cansancio y sombras bajo los ojos.
-Bueno, sí. Nos hemos perdido –contestó Ralph cauteloso-. ¿Por dónde se va hacia el nordeste?
-Oh. No estoy muy seguro. Pero el obispo Henry lo sabe. El problema es que ahora mismo está en misa.
-Bien. Le preguntaremos a él. Asistiremos a misa si es necesario. Vamos.
Sin darle ni las gracias al monje, fuimos a la catedral.
-¿Por qué no hay nadie por la calle? ¿Qué es lo que pasa?
-La enfermedad.
-¿Qué…?
-Es una enfermedad muy rara. Escuché que se expandió desde el extranjero hasta Italia, y de ahí al resto del continente. En ese país, la enfermedad es completamente mortal. Sólo resistieron unos pocos. En Alemania, Francia, España e Irlanda, ya son más de la mitad. Y aquí… está llegando. Lo que nunca pensé es que llegaría tan pronto. El monje debía de estar ocupado cuidando de los enfermos. Por eso estaba tan cansado.
Como el monje dijo, estaban en misa. Ralph y yo entramos con cuidado y nos sentamos en uno de los bancos libres. Había poca gente que rezaba con intensidad.
Una niña estornudó.
En ese momento fue cuando me empecé a encontrar mal. Se me revolvía el estómago, pero no dije nada. Durante el sermón, Ralph me miró preocupado.
-¿Estás bien? –me susurró.
-S… sí, sí, estoy… -carraspeé-. Estoy bien.
Frunció el ceño indicándome que no lo veía así, pero asintió. Al final de todo, cuando el obispo terminó, la poca gente salió de allí. Y de repente, la niña pequeña que había estornudado antes, entre el gentío, cayó al suelo.
Todos se sorprendieron, y la madre de la niña se arrodilló junto a ella.
-¡Está sangrando! –dijo entre sollozos.
-¡Hay que llevarla al convento! –dijo un hombre.
La mujer la cogió en brazos y salieron. Miré a Ralph, pero éste estaba en el altar hablando con el obispo.
De repente, me entró un calor repentino. Y empecé a toser. Cuando aparté la mano de la boca, me horroricé: tenía sangre. La cabeza me empezó a dar vueltas, pero resistí estando de pie. Aunque me tambaleaba ligeramente. No se lo diría a Ralph. El pobre ya tenía bastantes preocupaciones por culpa mía.
Me acerqué a ellos a paso lento, para intentar no caerme y delatarme.
-Bien. Ya está todo. Gracias.
-Muy bien, hijo mío, ¿pero no os gustaría confesaros y quitaros todos vuestros pecados?
-No. Mis pecados y yo estamos muy bien juntos. Ya sabe, no nos gusta que nos separen –miró hacia mí, y frunció el ceño-. Raquel, ¿te encuentras bien? Estás pálida. Y estás sudando.
-Sí… es que… bueno, aquí hace calor, ya sabes. Es normal…
-Estamos a finales del año.
-Lo sé, pero es que… Bueno, -carraspeé, aunque me escocía la garganta- ¿nos vamos?
Apretó los labios, pero luego asintió.
-Bien. Nos vamos ya. Chao.
-Muy bien, hasta pronto, príncipe Ralph. Espero que encontréis pronto vuestro lugar.
-Sí, sí, yo también.
Bajó del altar, y me empujó suavemente la espalda para que empezara a andar, pero yo casi doy un traspié por lo mal que me sentía. Al salir, seguía sin haber nadie. La gente debía de tener miedo por la epidemia. Pero quedándose en casa tampoco iban a conseguir mucho.
Al final no pude soportar el calor y el dolor y me desmayé.

domingo, 1 de agosto de 2010

Capítulo 17/18

Andamos durante toda la noche. Bueno, yo me había quedado dormida, y al despertarme me encontré con un brazo protector de Ralph rodeándome la cintura, y mi cabeza apoyada en su pecho. Y él tenía su mejilla apoyada en mi pelo. Empecé a sonrojarme, y el estómago me hacía cosquillas, pero me hice la dormida un poco más. Quería disfrutar del maravilloso momento…
Pero el tiempo pasaba muy rápido, así que al final me erguí, bostecé un poco y me froté los ojos. Ralph me miró con ternura, y para mi pesar, cogió las riendas con el brazo que antes me rodeaba.
-Lo siento. Te habías quedado dormida… Supuse que estarías más cómoda apoyada.
-¿No… no has dormido en toda la noche?
-No. Tranquila. Estoy acostumbrado. Además que es peligroso dormirse en este lugar. Pueden haber proscritos o bandidos. Nunca se sabe. Toda precaución es poca.
Asentí débilmente.
-Oye. Hace tiempo que no me dices que me odias. ¿Te pasa algo? –me preguntó divertido.
-No… -dije entre débiles risas-. No. Sólo es que quizá esté preparando un insulto muy grande para cuando llegue el momento… nunca se sabe…
-Ya te dije que, aunque parezca raro, me gusta que me insultes porque sé que has pensado en mí en ese segundo.
-¿Pero lo decías en serio?
-¿Y por qué no? Intento que te sea más cómodo asimilar todo esto, Raquel. Y creo que lo estoy consiguiendo.
“Sigue siendo el mismo de siempre”, pensé feliz.
Quizá por fuera se comportara como un arrogante, egoísta, hipócrita, con una dura piedra en vez de corazón, cruel, maltratador de animales y niños, asesino… y demás. Pero cuando le conoces mejor sabes que sólo es una máscara.
O quizá sólo se comporte así conmigo. Sonreí ante ese pensamiento.
-Mira, ya llegamos. Aquí es.
Miré hacia dónde él miraba. Y me quedé con la boca abierta. Era una ciudad enorme, y sin duda se estaba realizando una feria.
Nos bajamos del caballo cuando entramos. Era muy bonita. ¿Cómo es que no sabía que existía este lugar?
La gente iba feliz de un lado a otro, comprando en los puestos y demás. Una chica que vendía huevos en una cesta se quedó mirando a Ralph, intentado llamar su atención.
Me reconcomieron los celos. ¿Es que no veía que iba acompañado? Pero supongo que eso le daba exactamente igual.
Ralph buscaba con la mirada, y al final encontró lo que quería. Me cogió de la mano y me llevó hasta un castillo. Los guardias, al ver a Ralph, le hicieron una reverencia al reconocerlo.
-Alteza, el conde le espera.
-Sí, ya lo sé -contestó bruscamente.
El hombre tierno de hace unos momentos se había ido, dejando a uno muy diferente delante de mí.
-Pase, por favor. Déjeme, nos encargaremos personalmente de su caballo.
Ralph le tendió las riendas, y el guardia lo cogió y lo llevó a la parte de atrás del castillo.
Ambos entramos. El conde nos recibió en el vestíbulo.
-¡Oh, Dios mío! Príncipe Ralph, cuantísimo tiempo que hace sin veros. Sin duda habéis crecido para mejor.
-Gracias, conde William. Usted también…
El hombre estaba algo gordo.
-… también habéis crecido mucho –acabó.
El conde sonrió, y luego me miró.
-Vaya, y esta bella señorita debe de ser la hija de Jack, Raquel, ¿verdad?
-Sí. Mi prometida –agregó Ralph.
-Cómo habéis cambiado. Estáis muy guapa. Venga, es mediodía, y sin duda tendréis hambre. Querría invitaros a comer.
-No… no hace falta… sólo…
-¡Por favor! Ya tenemos todo preparado.
-Es… está bien… -dijo Ralph suspirando-. Vamos.
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Los tres pasamos al comedor. El conde William se colocó en la cabeza de la mesa, Ralph a su derecha, y yo a su lado.
Por la puerta aparecieron dos chicas jóvenes, una niña y, quién suponía, la mujer del conde.
La primera hija debía de tener unos veinticinco años, la segunda unos diecinueve o veinte, y la pequeña… siete u ocho. Se sentaron en frente nuestra, ya la mujer del conde a su izquierda de éste.
-¡Vaya, príncipe Ralph! Cuánto tiempo. Sin duda estáis más guapo.
La segunda hija del conde no le quitaba los ojos de encima, pero Ralph la ignoraba.
-Gracias por invitarnos, pero realmente no hacía falta todo esto, conde William.
-Sí que hacía falta. Vos y vuestro padre habéis hecho mucho por mí, y ya era hora de que os lo devolviera. Aunque por supuesto no es sólo esto.
-William, quizá en otro momento.
Mientras Ralph, el conde y su mujer hablaban, yo miraba con los ojos entrecerrados a la chica de diecinueve años, y ésta me fulminaba también con la mirada. En un momento dado me sacó la lengua. Yo fruncí el ceño.
-… ¿verdad, cariño? –le preguntó el conde a ésta.
Pestañeó y le miró.
-¿Cómo, padre?
-Digo que estás buscando a un marido que tengas sus ideas bien puestas, como el príncipe.
Ésta miró a Ralph, y sonrió como una estúpida.
-Por supuesto. Incluso me gustaría que fuera exactamente igual a vos, alteza.
Apreté la mandíbula. Ralph me miró de reojo, y sonrió divertido.
-Sí… eso está bien. Pero os recuerdo que yo ya tengo una prometida –se levantó-. Bueno, sin más dilación, y lo lamento mucho, pero debemos irnos. Queremos llegar cuanto antes a casa.
-¿Pero no queréis pasar aquí la noche? Veo que tenéis ojeras del cansancio. Sería bueno que recuperarais fuerzas.
Ralph vaciló, luego me miró y asintió derrotado.
-Está bien. Nos quedaremos. Gracias por vuestra hospitalidad.
-¡Un placer!
Al final nos quedamos dormidos por la mañana. Pero de todos modos estuvo bien, ya que descansamos como nunca. Aunque yo… había soñado por la noche. Con Ralph.
Y según mi sueño, vivía felizmente casada con él. Lo adoraba.
Cuando salimos del castillo del conde ya preparados, no me atrevía a mirarle a la cara.
Aunque no quisiera, sabía que cada vez me estaba enamorando más de él.
Y mirarle sabiendo todo lo que sentía por él me daba algo de vergüenza, como si le estuviera ocultando un secreto. O quizá porque me daba la impresión de que podía mirar a través de mí.
Durante el camino, montados en el caballo, tampoco me había atrevido a mirarle.
-¿Te acuerdas… -empezó él al ver que yo no decía nada- de cuando bailamos por primera vez?
-Sí…
-¿Y lo que te dije? ¿Que si yo te intimidaba porque no eras capaz de mirarme a los ojos?
-Ajá… -dije con un hilo de voz.
-Bien. ¿Te intimido… otra vez?
Fruncí el ceño, y me giré para verle, pero me volví otra vez al recordar el sueño.
-No… no es eso… yo…
-Oye, si te doy miedo me lo dices. Intentaré que no… -suspiró cansado-, hablaré con mis padres para que suspendan la boda.
Me estremecí del terror.
-¡¡No!!
El caballo, al oír mi desesperado grito, se asustó y empezó a trotar veloz.
-¡Hey, quieto! –dijo Ralph agarrando bien las riendas.
Sabía que era un experto jinete, así que controló al caballo en poco tiempo, pero éste frenó y ambos salimos disparados hacia delante.
-¡¡Ay!! –exclamamos al unísono al caer.
Nos incorporamos, quedando sentados, y Ralph miró hacia mí.
-¿Estás bien? –me preguntó con lo que parecía, para mi gran sorpresa, preocupación.
Consideraba a Ralph una persona de ésas que no se preocupan de los demás, sino de sí mismo. Lo había juzgado mal al parecer.
-Sí… ¿y tú?
Asintió, y miró al caballo, que se había ido al lado del camino a pastar otra vez.
Al pensar en nuestra caída, me entró la risa. Ralph me miró con una ceja alzada serio, pero no pudo resistirse y también se rió. Luego se levantó y me tendió una mano para ayudarme.
Me limpié la capa y el vestido, y me ruboricé un poco.
-Así que… -dijo-, al fin y al cabo sí quieres casarte conmigo. Porque ese grito incluso asustó al caballo.
Me reí otra vez, y él sonrió.
-Es bueno saberlo.
-Sí, bueno, es que… -aparté la mirada. El sueño me perseguía como loco, apareciendo en mi mente. Ralph se dio cuenta.
-¿Qué te pasa? ¿He hecho algo mal? –Suspiró-. Lo siento si te he ofendido con algo, pero es que…
-No, no. No es por ti… Bueno sí. Es por ti, pero no es nada malo.
-Entonces me gustaría escucharlo.
Nos sentamos debajo de un árbol, y le empecé a contar.