¡¡Cazadores de Sombras: Ciudad de ángeles caídos!! *¬*

miércoles, 11 de agosto de 2010

Capítulo 29 (E)

Damen tenía el ceño fruncido, los brazos cruzados y los puños y la mandíbula apretados. Incluso los nudillos los tenía blancos. Empecé a temblar. Esperé en la puerta a que él se acercara, pero no lo hizo. Así que avancé unos pocos pasos, y tragué saliva del miedo.
-Damen… lo… lo siento muchísimo, sé que te dije que no… -intenté explicarme, pero la voz se me fue apagando a medida que veía sus ojos.
Suspiré. Él siguió escrutándome con la mirada unos segundos más, mirándome de hito en hito, y empezó a hablar:
-Tú sabes… ¿tienes una simple idea, una milésima idea, de lo que acabas de hacer? –susurró, pero estaba claro que tenía ganas de gritar.
-Pu… pues… yo… Bueno, quizá…
-¡No, no la tienes, porque eres simple y sencillamente estúpida! ¡¿Sabes el susto que me has dado?! Oh, no, ¿cómo la iba a tener si la señorita estaba ocupada escapándose de casa?
La gente que pasaba se volteaba para ver de dónde venían los gritos. Se sorprendían un poco de que vinieran de Damen.
-Es… está bien, mira…
-No, ni se te ocurra excusarte ahora. Ya es muy tarde. Demasiado tarde. Y espero que esto te sirva de lección por tu estúpida insensatez. Que lo disfrutes, porque si lo que querías era cabrearme, enhorabuena, lo has conseguido. Pero sobre todo, me has decepcionado.
Guardó las manos en los bolsillos del pantalón, se dio media vuelta y se fue. Yo me había quedado sin palabras. Y un ramalazo de arrepentimiento apareció en mí, pero lo hecho, hecho estaba.
Volví a suspirar. Todo esto es una locura, pensé. ¿Por qué iba a molestarse tanto si…? El señor fue muy amable, y no…
El guardia de la derecha se acercó a mí.
-Oye, he visto cómo Damen te gritaba. Jo, chica, ¿pero cómo hiciste para enfadarlo tanto?
-Sinceramente, no lo sé.
Me miró a conciencia.
-Hum. Por un casual, te llamas… nah, no puede ser.
Le miré.
-¿Qué?
-No, nada, pero venga, que seguro que te perdona.
Sacudí la cabeza, y me fui hacia la casa. Al entrar, Susan se lanzó hacia mí, dándome un fuerte abrazo que incluso me levantó del suelo.
-¡Elisa! ¿Dónde te habías metido? ¿Sabes lo preocupados que estábamos?
Jack y Cecil se acercaron. Me sonrieron.
-Menos mal que estás bien. Pero me parece que cuando Damen entró no parecía muy contento. ¿Te riñó? –dijo Jack.
-Sí –suspiré-, y estoy completamente segura de que ahora me odia con toda su alma.
Cecil soltó una risotada.
-¡Ja! Ya sabía yo que me caías bien por algo.
Jack puso los ojos en blanco, y me miró.
-¿Y qué vas a hacer?
-Hablaré con él. Será difícil, pero por lo menos…
Asintió. Susan me soltó y me dio una suave palmada en la espalda.
-Venga, chica, que sé que tú puedes con él.
Sonreí débilmente.
-Pero espera a la noche, no creo que ahora esté dispuesto a nada –me previno Jack.
-Quizá tengas razón.
Damen no bajó en toda la tarde. Cuando eran más o menos las diez u once, no estaba segura, decidí que ya era hora de hablar. Mientras los demás veían la televisión, yo subí las escaleras y me dirigí a su habitación.