Ambos nos sentamos en el suelo de nubes, y Elisa abrió la caja. Sacó alcohol, algodón y vendas. Me estremecí.
Me tendió una mano, y yo se la cogí sin pensar. Adoraba el tacto de su piel.
-Vamos allá –dijo.
Tragué saliva. Sabía que esto me iba a pasar factura.
Me cogió el brazo y puse el algodón en la primera herida. Siseé.
-Venga, tranquilo –me apremió.
-Bueno, si te vistieras de enfermera con sólo una mini falda y un top de esos, quizá lo llevara mejor –sonreí.
Alzó una ceja, y sacudió la cabeza.
Y otra vez el algodón, pero no retiré el brazo. Para distraerme, miraba divertido la concentración de su mirada. Y una sensación extraña en el estómago me hizo cosquillas. Me quedé medio embobado mirando sus ojos, que cada vez que te miraban, te daban unas ganas irresistibles de sonreír.
Cuando terminó con las demás heridas, me levanté, el botiquín desapareció y le ayudé a ella a levantarse.
-¿Y qué hacemos aquí?
-Tenía que esconderte.
Me sonrió.
-¿Tienes miedo de que me pase algo?
Me crucé de brazos y desvié la mirada. No pensaba admitirlo. Aunque esa no era la completa razón de que la hubiese traído aquí.
Me encogí de hombros. Le cogí la mano y ambos avanzamos por un camino que había sobre las nubes.
A lo lejos divisamos el edificio al que quería ir. Elisa iba a preguntarme qué era eso, pero yo negué con la cabeza.
Entramos dentro. Estaba hecho de un material blanco, pero desconocía qué era.
Recorrimos varios pasillos hasta llegar a unas puertas doradas y enormes, de cinco metros.
-Damen, ¿qué es esto? –me preguntó Elisa.
La miré con ojos tristes, y le besé la frente. Eso la desconcertó.
Abrí las puertas y entramos dentro. Se cerraron detrás de nosotros.
La sala era un lugar enorme, pero sin embargo no había nada. Sólo escuchamos una voz, a la que yo reconocía perfectamente:
-¿Qué deseáis? –preguntó.
-Vengo a por lo que debo –contesté.
-Oh, Damen, ya veo.
Apareció una luz resplandeciente delante de nosotros y luego, un ángel.
Hice una ligera reverencia, y le indiqué a Elisa con la mirada que también lo hiciera.
-Señor Gabriel… -dije.
Él era uno de los pocos ángeles que tenía las alas puramente blancas, como su ropa. Me miró, y luego a ella.
-¿Qué hace esta humana aquí? –preguntó.
-Necesitaba protegerla. Y este lugar es el mejor que conozco.
-Pero tú tienes una condena que cumplir, ¿no es así? –asentí a mi pesar. Elisa me miró horrorizada, e intervino.
-¡Un momento! Damen, ¿este es el lugar del que habló el juez en el que te iban a… a arrancar las alas?
Asentí. Elisa empezó a llorar, y me abrazó.
-¡No! ¡No pienso dejarte!
Suspiré con cansancio.
-No me hagas esto… ¡Me prometiste que no dejarías perderme otra vez! ¡Y… y ahora…!
-Lo siento… -murmuré.
De repente, las puertas doradas se abrieron. Por ella, para mi enorme sorpresa, aparecieron Jack, Cecil, Andrew, Jonan, Brad y Susan.
-¡Damen! –gritaron.
-Devon se ha escapado –dijo Jonan.
-¿Cómo que se ha escapado? –pregunté.
-Sí, desapareció –contestó Susan-. Le perseguimos, pero se largó.
Gabrel suspiró, y se cruzó de brazos.
-Seguramente era un demonio Mayor. Quizá uno de los peores. Pero ahora mismo no podréis hacer nada –me miró-. Damen… ya sabes.
Elisa me miró con los ojos dilatados por el miedo. Me abrazó.
-Por favor, Damen, por favor… -sollozó.
Empezó a llorar. Y aunque yo no soportaba verla así, sabía que huir sería peor. Mucho peor.
¡¡Cazadores de Sombras: Ciudad de ángeles caídos!! *¬*
jueves, 16 de septiembre de 2010
martes, 14 de septiembre de 2010
Capítulo 42 (E)
Ambos caímos. Pero lo que me desconcertó era que el suelo estaba mullido. Me levanté con cuidado, y miré a mi alrededor. Me quedé estupefacta.
Todo, absolutamente todo, eran nubes. Esponjosas y blancas. Lo más curioso, pero muy, muy curioso de todo, era que también había árboles y ríos. Era como si las nubes actuaran como si fueran la hierba del suelo.
Entonces recordé a Damen. Lo busqué con la mirada. Estaba detrás de mí con su forma humana, intentando incorporarse. Cuando lo consiguió, me horroricé. Estaba lleno de sangre, y la camisa blanca completamente rota.
Me acerqué a él, y me arrodillé a su lado. Le miré con ojos llorosos.
-¡Damen, estás sangrando mucho! –sollocé.
Él me miró con el ceño fruncido, y luego a sus heridas.
-No te preocupes por esto. Ya sabes que estoy acostumbrado.
Recordé cuando había descubierto en qué se transformaba y cómo sangraba.
Le abracé.
-Te voy a manchar –me dijo.
-¿Crees que eso me importa? –le repliqué separándome-. No seas ridículo.
-Elisa, no te preocupes. Porque sino me pones nervioso a mí.
Entonces le miré mejor. Detrás de él habían aparecido unas alas blancas tan esponjosas como las nubes que nos rodeaban. Se levantó, y las miró.
-Bueno, creí que no aparecerían, la verdad.
Empezó a desabrocharse la blusa, pero como era tan impaciente, se la arrancó. Le miré con la boca abierta.
-¿Pero qué haces? –dije con la voz un poco temblorosa.
-Da igual, ya estaba rasgada por las alas –la tiró al suelo, y sus alas se estiraron para luego volverlas a encoger.
Entonces me fijé en su pecho y abdomen. Los tenía llenos de heridas y algunas cicatrices. Y sangraba. Pero sin embargo me ruboricé igual.
Damen se examinaba el brazo izquierdo, dónde tenía la peor herida.
-Me estás mirando –repuso sin mirarme él a mí-. ¿Se puede saber por qué me estás mirando?
Sacudí la cabeza y carraspeé. Me sonrojé más.
-Na… nada. Hum –miré a mi alrededor-. ¿Esto… es el cielo?
Alzó la mirada y asintió.
-Si lo quieres llamar así, sí. Pero este lugar es casi inaccesible. Todavía no sé cómo conseguí hacernos entrar.
-Increíble.
El tatuaje negro en forma de cruz que tenía en el antebrazo izquierdo brillaba, aunque un poco de sangre lo tapaba mientras salpicaba el suelo. La nube de debajo se tornó roja.
-Damen, hay que curarte eso.
Él puso los ojos en blanco, y dejó caer los brazos a los costados.
-Cariño, eso dijiste la última vez que me viste sangrando, y entre tu hermano y tú acabasteis con mi salud y un poco de mi cordura. Así que no, gracias.
-Vamos, no fue para tanto… Además de que pensabas que…
Se acercó y me calló con un beso. Al separarnos, lo miré sorprendida.
-¿Y eso?
-Para que dejaras de hablar y porque me apetecía –se encogió de hombros-. No sabes lo relajante que es querer besar a alguien en ese momento y poder hacerlo.
Me reí. Lo sabía perfectamente. Ahora le besé yo.
-Sí, sí que lo sé.
Sonrió. Me cogió de las manos y las miró.
-Piensa en algo. Lo que más desees –me dijo.
-Pero eso ya lo tengo, justo delante de mí –repuse.
Se inclinó y me besó otra vez.
-Gracias, mi vida, pero ahora piensa en otra cosa.
Me vino a la cabeza un perro. Cerré los ojos, y de repente sentí unos ligeros empujoncitos en el pie. Abrí los ojos y bajé la mirada a mis Converse, dónde un cachorrito de la raza Shiba blanco me daba con la pata. Solté mis manos de Damen y me arrodillé. El cachorrito apoyó sus patas delanteras en mis piernas y me lamió la mejilla. Yo le acaricié la cabeza.
-¡Ay, qué cosita más bonita! –exclamé sonriendo.
-En el cielo puedes pedir cualquier cosa. Absolutamente lo que quieras. Y te dura tanto tiempo como desees.
Cogí al perrito en mis brazos y me levanté. Se lo tendí a Damen. Él retrocedió un poco.
-Vamos, sé que te gustan los perros.
-No creo que ahora sea el mejor momento para jugar con un perro.
Sus heridas todavía goteaban. Dejé al perro en el suelo, y desapareció. Miré a Damen otra vez. Se encogió de hombros.
-Te lo dije.
Entonces deseé un botiquín de primeros auxilios. Apareció en mis manos.
Damen apretó los labios.
-Ah, no. No.
Me acerqué a él, pero se cruzó de brazos, haciendo que los músculos se le tensaran y las heridas sangraran más por la presión.
-Damen… por favor… -susurré algo horrorizada por la hemorragia de los hematomas.
-No.
Empecé a llorar. Él dejó caer los brazos y resopló.
-Mierda –masculló-. Está bien, está bien.
Le sonreí. Sabía que no podía resistirse a las lágrimas de una chica.
Todo, absolutamente todo, eran nubes. Esponjosas y blancas. Lo más curioso, pero muy, muy curioso de todo, era que también había árboles y ríos. Era como si las nubes actuaran como si fueran la hierba del suelo.
Entonces recordé a Damen. Lo busqué con la mirada. Estaba detrás de mí con su forma humana, intentando incorporarse. Cuando lo consiguió, me horroricé. Estaba lleno de sangre, y la camisa blanca completamente rota.
Me acerqué a él, y me arrodillé a su lado. Le miré con ojos llorosos.
-¡Damen, estás sangrando mucho! –sollocé.
Él me miró con el ceño fruncido, y luego a sus heridas.
-No te preocupes por esto. Ya sabes que estoy acostumbrado.
Recordé cuando había descubierto en qué se transformaba y cómo sangraba.
Le abracé.
-Te voy a manchar –me dijo.
-¿Crees que eso me importa? –le repliqué separándome-. No seas ridículo.
-Elisa, no te preocupes. Porque sino me pones nervioso a mí.
Entonces le miré mejor. Detrás de él habían aparecido unas alas blancas tan esponjosas como las nubes que nos rodeaban. Se levantó, y las miró.
-Bueno, creí que no aparecerían, la verdad.
Empezó a desabrocharse la blusa, pero como era tan impaciente, se la arrancó. Le miré con la boca abierta.
-¿Pero qué haces? –dije con la voz un poco temblorosa.
-Da igual, ya estaba rasgada por las alas –la tiró al suelo, y sus alas se estiraron para luego volverlas a encoger.
Entonces me fijé en su pecho y abdomen. Los tenía llenos de heridas y algunas cicatrices. Y sangraba. Pero sin embargo me ruboricé igual.
Damen se examinaba el brazo izquierdo, dónde tenía la peor herida.
-Me estás mirando –repuso sin mirarme él a mí-. ¿Se puede saber por qué me estás mirando?
Sacudí la cabeza y carraspeé. Me sonrojé más.
-Na… nada. Hum –miré a mi alrededor-. ¿Esto… es el cielo?
Alzó la mirada y asintió.
-Si lo quieres llamar así, sí. Pero este lugar es casi inaccesible. Todavía no sé cómo conseguí hacernos entrar.
-Increíble.
El tatuaje negro en forma de cruz que tenía en el antebrazo izquierdo brillaba, aunque un poco de sangre lo tapaba mientras salpicaba el suelo. La nube de debajo se tornó roja.
-Damen, hay que curarte eso.
Él puso los ojos en blanco, y dejó caer los brazos a los costados.
-Cariño, eso dijiste la última vez que me viste sangrando, y entre tu hermano y tú acabasteis con mi salud y un poco de mi cordura. Así que no, gracias.
-Vamos, no fue para tanto… Además de que pensabas que…
Se acercó y me calló con un beso. Al separarnos, lo miré sorprendida.
-¿Y eso?
-Para que dejaras de hablar y porque me apetecía –se encogió de hombros-. No sabes lo relajante que es querer besar a alguien en ese momento y poder hacerlo.
Me reí. Lo sabía perfectamente. Ahora le besé yo.
-Sí, sí que lo sé.
Sonrió. Me cogió de las manos y las miró.
-Piensa en algo. Lo que más desees –me dijo.
-Pero eso ya lo tengo, justo delante de mí –repuse.
Se inclinó y me besó otra vez.
-Gracias, mi vida, pero ahora piensa en otra cosa.
Me vino a la cabeza un perro. Cerré los ojos, y de repente sentí unos ligeros empujoncitos en el pie. Abrí los ojos y bajé la mirada a mis Converse, dónde un cachorrito de la raza Shiba blanco me daba con la pata. Solté mis manos de Damen y me arrodillé. El cachorrito apoyó sus patas delanteras en mis piernas y me lamió la mejilla. Yo le acaricié la cabeza.
-¡Ay, qué cosita más bonita! –exclamé sonriendo.
-En el cielo puedes pedir cualquier cosa. Absolutamente lo que quieras. Y te dura tanto tiempo como desees.
Cogí al perrito en mis brazos y me levanté. Se lo tendí a Damen. Él retrocedió un poco.
-Vamos, sé que te gustan los perros.
-No creo que ahora sea el mejor momento para jugar con un perro.
Sus heridas todavía goteaban. Dejé al perro en el suelo, y desapareció. Miré a Damen otra vez. Se encogió de hombros.
-Te lo dije.
Entonces deseé un botiquín de primeros auxilios. Apareció en mis manos.
Damen apretó los labios.
-Ah, no. No.
Me acerqué a él, pero se cruzó de brazos, haciendo que los músculos se le tensaran y las heridas sangraran más por la presión.
-Damen… por favor… -susurré algo horrorizada por la hemorragia de los hematomas.
-No.
Empecé a llorar. Él dejó caer los brazos y resopló.
-Mierda –masculló-. Está bien, está bien.
Le sonreí. Sabía que no podía resistirse a las lágrimas de una chica.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Doble capítulo
*Hum... pongo dos capítulos de recompensa por haber tardado tanto en renovar... pero es que estuve muy ocupada. De todos modos, ahí los tenéis.
Por cierto, gracias por vuestro apoyo y sólo quiero que sepáis que tengo en cuenta todos y cada uno de vuestros comentarios ^^
Ahí van:
Capítulo 40 (D)
Era mía. Completamente mía. Por fin había vuelto, y esta vez no dejaría que nada ni nadie la apartara de mi lado.
Y saber que estuvo todo este tiempo conmigo… Increíble. Lo peor de todo es que le había hecho toda clase de burradas, como despertarla de forma molesta –dónde se incluyen la música demasiado alta o saltar encima de su cama- o insultarla o…
O hacer que descubriera cómo soy yo en realidad.
Salimos de la cocina y fuimos al salón. Estaban viendo la televisión. Al vernos aparecer, nos miraron.
-¿Qué tal ha ido? –preguntó Jonan.
Iba a responder con una respuesta sarcástica de las mías, pero miré a Elisa. Ella me sonrió y asintió, como si no le importara. Me relajé.
-Tú debes de saberlo bien, ¿no? Con todo lo que escuchasteis ya deberíais saber casi todo de nuestra vida. ¿Os ha gustado la función?
-Pues… -dijo Susan, pero Jack negó con la cabeza, para que se callara. Se calló.
Puse los ojos en blanco. Y de repente se escucharon unas llaves y que la puerta principal se abría. Adalia apareció por ella. Susan se levantó nerviosa.
La adivina, al vernos a todos en el salón, alzó las cejas, sorprendida.
-Bueno, ¿pero qué es todo esto? –preguntó.
-Abuela, es que teníamos que reunirnos… Y el mejor sitio es aquí.
Miró hacia mí y el brazo que tenía alrededor de la cintura de Elisa. Sonrió y se cruzó de brazos.
-Bueno… ¿pero qué tenemos aquí? Al parecer ya la has encontrado.
-¿Cómo? –preguntó Elisa asombrada.
-¿No lo recordáis? La primera vez que viniste, Elisabeth, te leí el futuro. La segunda vez que me visitaste, Damen vino contigo. Y a él le leí el horóscopo.
Empecé a recodar:
“-Y en el amor... al parecer te enamorarás de una persona que volverás a ver, una que está confusa con su vida. La encontrarás pronto.
-Sí, claaaro. Mira, Adalia, mi único amor verdadero es mi persona. Hasta a veces incluso me rechazo a mí mismo sólo para mantener el interés.
-Parece que la modestia la dejaste en casa, ¿no? -dijo ella poniendo los ojos en blanco-. Ten cuidado con lo que dices, Damen, porque algo pasará en tu futuro que te volverá a cambiar.
-¿Volver a cambiar? -preguntó Elisa-. ¿Qué quiere decir con eso?
-Ya lo verás, querida.”
Y bien que lo acabamos de ver. Apreté los labios.
-Veo por la cara de Damen que lo recuerda –comentó Adalia sonriente.
-Sí, perfectamente. Cómo olvidarlo. Pero lo que más me molesta es que tenías razón. Y eso que soy yo el que suele tenerla –sonreí.
-Bien. Contadme lo que os preocupa.
Le contamos todo sobre Devon y Elisa, y lo del pájaro incluso. Adalia escuchaba con atención. Al terminar, dijo:
-Está bien, vamos a hacer una cosa. Quiero que vayáis por parejas y vigiléis los alrededores. Si veis a algún ángel sospechoso o demás, venís aquí y me avisáis –dio una palmada-. ¡Vamos!
Todos asentimos. Empezaron a salir por la puerta, pero yo me quedé un momento. Elisa, en la puerta, se volvió hacia mí:
-Damen, ¿vienes?
-Sí, ahora voy.
Ella sonrió, asintió y se fue. Miré a Adalia.
-Elisa te ha cambiado por dentro y por fuera, ¿no crees? –dijo.
-¿Por qué dices eso?
-Ya no eres tan… egocéntrico, ni sarcástico. Y además se te ve más radiante. Como si hubieras cambiado.
-Quizá. Bueno… -carraspeé-. Gracias.
-¿Y esperas hasta ahora para decírmelo?
Bufé, y me crucé de brazos.
-¿Qué te creías, vieja loca? ¿Qué iba a disculparme delante de todos para ridiculizarme? Ni lo sueñes.
Adalia sonrió.
-Quizá no hayas cambiado tanto. Ahora ve con la niña de tus ojos.
Asentí y me fui.
Capítulo 41 (E)
Esperé por Damen, ya que iban a ir en parejas Jack y Susan, Brad y Andrew y Jonan y Cecil. Al poco rato apareció, y vino hacia mí.
-Perdona, Elisa, hablaba con…
-Puedes llamarme Kate, si te es más cómodo. Como antes.
Él sonrió, pero negó con la cabeza.
-Te llamaré Elisa.
-¿Por qué?
-Por dos cosas. Una, que me he acostumbrado a llamarte Elisa, y dos… Me he dado cuenta de que no hace falta que te llame por otro nombre para saber que soy especial para ti.
Me derrumbé.
-Te quiero –le dije.
-Lo sé, yo también me quiero –me respondió sonriendo.
Me reí. Y me besó.
-Yo también te quiero –me susurró después.
Sonreí, le cogí de la mano y ambos empezamos a andar. Mirábamos por todos lados con cuidado, ya que podían estar espiando o algo.
Cuando llegamos al parque, apareció.
El pájaro.
Lo curioso es que ningún adulto que estaba por allí con sus hijos lo veía, pero éstos sí. Empezaron todos a señalar el cielo. Los padres estaban desconcertados.
Damen me apretó la mano, y cuando el pájaro me vio, se lanzó en picado hacia aquí.
-¿Preparada? –me preguntó Damen.
-Pues… la verdad…
Pero empezamos a correr son que terminara de responder. Me arrastró por toda la ciudad intentando escapar del monstruo. Incluso cuando empezamos a cansarnos de correr, Damen empezó a hacer Portales por todos lados, e íbamos entrando y saliendo de ellos para confundir al pájaro. Hasta que por un tonto descuido, el monstruo me cogió por los brazos, elevándome hacia el aire. Estaba a punto de llevarme hasta un Portal creado por él, supongo.
Entonces algo me sorprendió.
Un dragón, al que conocía perfectamente, venía detrás de nosotros. Yo me preguntaba cómo lo había hecho, ya que sólo cambiaba algunas noches escasas. Me estaba resbalando poco a poco, y tuve que agárrame a la pata del pájaro para no caer.
El dragón se colocó a nuestro lado, con las alas doradas extendidas, e intentó alcanzarme, pero el pájaro hizo un movimiento raro que me mareó completamente, y al final llegamos al Portal. Entramos seguidos de Damen. Y por supuesto, en Saints.
Aparecimos en el cuarto del portal del edificio Celeste, pero como era lo bastante grande, no hubo problema para que el pájaro pudiera pasar. Siguió volando hasta salir del edificio, rompiendo una ventana, que me dejó una herida en la mejilla, pero no era eso lo que me preocupaba ahora mismo. Entonces el monstruo frenó, suspendido en el aire. Me asusté. Entonces miré atrás. Damen mordía con su hocico la cola plumada del pájaro, impidiéndole avanzar. Éste empezó a aletear con fuerza. Entonces escuché su voz:
“Elisa, suéltate. Confía en mí” –me dijo.
Yo vacilé un poco, pero al final le hice caso. Justo cuando me solté, Damen soltó al pájaro y descendió, hasta que de repente me vi sentada en su lomo blanco.
De verdad que a veces esto parecía un sueño. Tipo “La historia interminable”.
El pájaro nos siguió cuando se recuperó, y pinchó la pata derecha trasera del dragón. Luego la delantera, y luego el estómago. Damen lanzó un gruñido, pero no se quejó más. Empezó a sangrar, dejando caer gotas de sangre hacia el suelo.
-¡Damen, déjalo! ¡Te va a matar! –lloriqueé.
“Prefiero morirme yo antes que dejarte con él” –me replicó.
Agarré su pelaje con las dos manos y tiré un poco, intentando frenarle. No lo conseguí. Me entraron ganas de llorar.
El pájaro volvió a atacarle.
-¡¡Damen, por favor!!
“No.”
Dejamos Saints atrás para sobrevolar el bosque.
-¿No entiendes que no hay ningún sitio en el que pueda estar a salvo? ¡Por favor, no quiero que te pase nada!
No dijo nada. Hasta que se le ocurrió algo.
“Sí, sí que lo hay”
De repente dio media vuelta hacia la ciudad otra vez. El pájaro derrapó detrás de nosotros, cambió de dirección y nos volvió a seguir.
-¿Adónde vas?
“Hacia el Portal”
-¿Otra vez? ¿Se puede saber…?
“Ya lo verás”
Cuando llegamos al edificio Celeste, Damen descendió, traspasando el mismo agujero del cristal que rompió el pájaro, que estaba prácticamente pisándonos los talones, y antes de entrar en el portal, Damen me dijo:
“Elisa, no pienses en nada”
Lo intenté. Me costó, y justo cuando el monstruo iba a volver a atacarle, entramos.
Tenía mucha curiosidad por saber a qué lugar me había llevado.
Por cierto, gracias por vuestro apoyo y sólo quiero que sepáis que tengo en cuenta todos y cada uno de vuestros comentarios ^^
Ahí van:
Capítulo 40 (D)
Era mía. Completamente mía. Por fin había vuelto, y esta vez no dejaría que nada ni nadie la apartara de mi lado.
Y saber que estuvo todo este tiempo conmigo… Increíble. Lo peor de todo es que le había hecho toda clase de burradas, como despertarla de forma molesta –dónde se incluyen la música demasiado alta o saltar encima de su cama- o insultarla o…
O hacer que descubriera cómo soy yo en realidad.
Salimos de la cocina y fuimos al salón. Estaban viendo la televisión. Al vernos aparecer, nos miraron.
-¿Qué tal ha ido? –preguntó Jonan.
Iba a responder con una respuesta sarcástica de las mías, pero miré a Elisa. Ella me sonrió y asintió, como si no le importara. Me relajé.
-Tú debes de saberlo bien, ¿no? Con todo lo que escuchasteis ya deberíais saber casi todo de nuestra vida. ¿Os ha gustado la función?
-Pues… -dijo Susan, pero Jack negó con la cabeza, para que se callara. Se calló.
Puse los ojos en blanco. Y de repente se escucharon unas llaves y que la puerta principal se abría. Adalia apareció por ella. Susan se levantó nerviosa.
La adivina, al vernos a todos en el salón, alzó las cejas, sorprendida.
-Bueno, ¿pero qué es todo esto? –preguntó.
-Abuela, es que teníamos que reunirnos… Y el mejor sitio es aquí.
Miró hacia mí y el brazo que tenía alrededor de la cintura de Elisa. Sonrió y se cruzó de brazos.
-Bueno… ¿pero qué tenemos aquí? Al parecer ya la has encontrado.
-¿Cómo? –preguntó Elisa asombrada.
-¿No lo recordáis? La primera vez que viniste, Elisabeth, te leí el futuro. La segunda vez que me visitaste, Damen vino contigo. Y a él le leí el horóscopo.
Empecé a recodar:
“-Y en el amor... al parecer te enamorarás de una persona que volverás a ver, una que está confusa con su vida. La encontrarás pronto.
-Sí, claaaro. Mira, Adalia, mi único amor verdadero es mi persona. Hasta a veces incluso me rechazo a mí mismo sólo para mantener el interés.
-Parece que la modestia la dejaste en casa, ¿no? -dijo ella poniendo los ojos en blanco-. Ten cuidado con lo que dices, Damen, porque algo pasará en tu futuro que te volverá a cambiar.
-¿Volver a cambiar? -preguntó Elisa-. ¿Qué quiere decir con eso?
-Ya lo verás, querida.”
Y bien que lo acabamos de ver. Apreté los labios.
-Veo por la cara de Damen que lo recuerda –comentó Adalia sonriente.
-Sí, perfectamente. Cómo olvidarlo. Pero lo que más me molesta es que tenías razón. Y eso que soy yo el que suele tenerla –sonreí.
-Bien. Contadme lo que os preocupa.
Le contamos todo sobre Devon y Elisa, y lo del pájaro incluso. Adalia escuchaba con atención. Al terminar, dijo:
-Está bien, vamos a hacer una cosa. Quiero que vayáis por parejas y vigiléis los alrededores. Si veis a algún ángel sospechoso o demás, venís aquí y me avisáis –dio una palmada-. ¡Vamos!
Todos asentimos. Empezaron a salir por la puerta, pero yo me quedé un momento. Elisa, en la puerta, se volvió hacia mí:
-Damen, ¿vienes?
-Sí, ahora voy.
Ella sonrió, asintió y se fue. Miré a Adalia.
-Elisa te ha cambiado por dentro y por fuera, ¿no crees? –dijo.
-¿Por qué dices eso?
-Ya no eres tan… egocéntrico, ni sarcástico. Y además se te ve más radiante. Como si hubieras cambiado.
-Quizá. Bueno… -carraspeé-. Gracias.
-¿Y esperas hasta ahora para decírmelo?
Bufé, y me crucé de brazos.
-¿Qué te creías, vieja loca? ¿Qué iba a disculparme delante de todos para ridiculizarme? Ni lo sueñes.
Adalia sonrió.
-Quizá no hayas cambiado tanto. Ahora ve con la niña de tus ojos.
Asentí y me fui.
Capítulo 41 (E)
Esperé por Damen, ya que iban a ir en parejas Jack y Susan, Brad y Andrew y Jonan y Cecil. Al poco rato apareció, y vino hacia mí.
-Perdona, Elisa, hablaba con…
-Puedes llamarme Kate, si te es más cómodo. Como antes.
Él sonrió, pero negó con la cabeza.
-Te llamaré Elisa.
-¿Por qué?
-Por dos cosas. Una, que me he acostumbrado a llamarte Elisa, y dos… Me he dado cuenta de que no hace falta que te llame por otro nombre para saber que soy especial para ti.
Me derrumbé.
-Te quiero –le dije.
-Lo sé, yo también me quiero –me respondió sonriendo.
Me reí. Y me besó.
-Yo también te quiero –me susurró después.
Sonreí, le cogí de la mano y ambos empezamos a andar. Mirábamos por todos lados con cuidado, ya que podían estar espiando o algo.
Cuando llegamos al parque, apareció.
El pájaro.
Lo curioso es que ningún adulto que estaba por allí con sus hijos lo veía, pero éstos sí. Empezaron todos a señalar el cielo. Los padres estaban desconcertados.
Damen me apretó la mano, y cuando el pájaro me vio, se lanzó en picado hacia aquí.
-¿Preparada? –me preguntó Damen.
-Pues… la verdad…
Pero empezamos a correr son que terminara de responder. Me arrastró por toda la ciudad intentando escapar del monstruo. Incluso cuando empezamos a cansarnos de correr, Damen empezó a hacer Portales por todos lados, e íbamos entrando y saliendo de ellos para confundir al pájaro. Hasta que por un tonto descuido, el monstruo me cogió por los brazos, elevándome hacia el aire. Estaba a punto de llevarme hasta un Portal creado por él, supongo.
Entonces algo me sorprendió.
Un dragón, al que conocía perfectamente, venía detrás de nosotros. Yo me preguntaba cómo lo había hecho, ya que sólo cambiaba algunas noches escasas. Me estaba resbalando poco a poco, y tuve que agárrame a la pata del pájaro para no caer.
El dragón se colocó a nuestro lado, con las alas doradas extendidas, e intentó alcanzarme, pero el pájaro hizo un movimiento raro que me mareó completamente, y al final llegamos al Portal. Entramos seguidos de Damen. Y por supuesto, en Saints.
Aparecimos en el cuarto del portal del edificio Celeste, pero como era lo bastante grande, no hubo problema para que el pájaro pudiera pasar. Siguió volando hasta salir del edificio, rompiendo una ventana, que me dejó una herida en la mejilla, pero no era eso lo que me preocupaba ahora mismo. Entonces el monstruo frenó, suspendido en el aire. Me asusté. Entonces miré atrás. Damen mordía con su hocico la cola plumada del pájaro, impidiéndole avanzar. Éste empezó a aletear con fuerza. Entonces escuché su voz:
“Elisa, suéltate. Confía en mí” –me dijo.
Yo vacilé un poco, pero al final le hice caso. Justo cuando me solté, Damen soltó al pájaro y descendió, hasta que de repente me vi sentada en su lomo blanco.
De verdad que a veces esto parecía un sueño. Tipo “La historia interminable”.
El pájaro nos siguió cuando se recuperó, y pinchó la pata derecha trasera del dragón. Luego la delantera, y luego el estómago. Damen lanzó un gruñido, pero no se quejó más. Empezó a sangrar, dejando caer gotas de sangre hacia el suelo.
-¡Damen, déjalo! ¡Te va a matar! –lloriqueé.
“Prefiero morirme yo antes que dejarte con él” –me replicó.
Agarré su pelaje con las dos manos y tiré un poco, intentando frenarle. No lo conseguí. Me entraron ganas de llorar.
El pájaro volvió a atacarle.
-¡¡Damen, por favor!!
“No.”
Dejamos Saints atrás para sobrevolar el bosque.
-¿No entiendes que no hay ningún sitio en el que pueda estar a salvo? ¡Por favor, no quiero que te pase nada!
No dijo nada. Hasta que se le ocurrió algo.
“Sí, sí que lo hay”
De repente dio media vuelta hacia la ciudad otra vez. El pájaro derrapó detrás de nosotros, cambió de dirección y nos volvió a seguir.
-¿Adónde vas?
“Hacia el Portal”
-¿Otra vez? ¿Se puede saber…?
“Ya lo verás”
Cuando llegamos al edificio Celeste, Damen descendió, traspasando el mismo agujero del cristal que rompió el pájaro, que estaba prácticamente pisándonos los talones, y antes de entrar en el portal, Damen me dijo:
“Elisa, no pienses en nada”
Lo intenté. Me costó, y justo cuando el monstruo iba a volver a atacarle, entramos.
Tenía mucha curiosidad por saber a qué lugar me había llevado.
martes, 7 de septiembre de 2010
Capítulo 39 (E)
*Hum, antes de nada, quería disculparme por la irregularidad del renovado de entradas... Ya sabéis, a veces que subo de un día para otro como puedo tardar cinco días o más en renovar... Así que lo siento, pero renuevo siempre que tengo tiempo. Era sólo eso ^^ Disfrutad de la entrada:
Ambos nos quedamos de pie.
-Escucha, Damen…
-No, no, déjame hablar a mí –suspiró-. Por qué. Por qué me dejaste.
-Nunca quise hacerlo. Créeme. Siempre quise estar contigo. Pero Devon, después de descubrirme en Saints, me dijo que tú ya no querías volver a verme. Yo le pregunté la razón. Él me dijo que tú no eres chico de una sola chica, sino de muchas, y que estabas mejor sin mí. Yo, tan ingenua como era entonces, me lo creí. Así que me obligó a irme. Entonces mis padres decidieron que nos mudásemos después de desaparecer dos semanas, asustados por si volvía a ocurrir. Yo no tuve más remedio que ir, y dejar mi vida atrás. Entonces ocurrió el famoso accidente “de coche”, y mi memoria se esfumó. O me la arrebató. Todavía no sé cómo… cómo pude olvidarte… No me lo explico. Pero… todo lo que me dijiste cuando no te recordaba, de que me echabas de menos, cuando repetías mi nombre en sueños, y yo estaba celosa creyendo que la persona a la que amabas completamente no era yo –sonreí débilmente, mirando al suelo. No me atrevía a mirarle a la cara.
Y sin querer empecé a llorar. Esta vez Damen no reaccionó como hacía siempre que me veía llorar, sino que se me quedó observando con los labios apretados.
Entonces se acercó a mí. Yo retrocedí hasta chocar contra la nevera. Él siguió avanzando hasta que estuvo a poquísimos centímetros. Entonces alzó las manos hacia mis mejillas, y me enjugó las lágrimas.
-De verdad que yo no… -intenté decir, pero dada la proximidad de su cuerpo y la forma de mirarme los labios, se me fue apagando la voz, un poco aturdida.
Se inclinó un poco y me susurró al oído:
-No sabes cuánto tiempo llevo esperando este momento.
Y apretó sus labios contra los míos, con suavidad.
Se separó, me miró a los ojos con ternura y volvió a besarme, pero esta vez apasionadamente, como si yo fuera el aire y él se estuviera ahogando. Incluso me costaba respirar. Rodeé su cuello con mis brazos, y él dejó resbalar sus manos hasta mi cintura, apretándome contra él con fuerza, como si temiera que yo no fuera real, o que me fuera.
Luego nos separamos, pero seguíamos abrazados. Alzó una mano y me acarició los labios hinchados con el dedo pulgar, con cuidado.
-Estás aquí de verdad…Te protegeré, Elisa. No pienso volver a perderte. Otra vez no.
Iba a besarme otra vez, pero frenó cuando nuestros labios se rozaron.
Sin motivo aparente me soltó, a regañadientes, y fue hacia la puerta. La abrió, y todos los demás cayeron al suelo. Me coloqué al lado de Damen, y le cogí un brazo entre mis manos. Él me miró con ternura, pero al mirarles a ellos su mirada cambió a enfado.
-¿Qué? ¿Disfrutasteis con la telenovela? ¿Os traigo palomitas y Coca-Cola, ya que estoy aquí?
-Hombre… -murmuró Susan, pero al ver la cara de Damen, se calló.
Se levantaron del suelo, sonrieron disculpándose y cerraron la puerta. Volvimos a quedarnos solos. Damen se giró hacia mí y me volvió a rodear la cintura.
-Bueno, ¿por dónde íbamos?
Me reí. Alcé las manos, cogí el cuello levantado de su blusa y lo iba a besar, pero la voz de Susan al otro lado de la puerta nos frenó:
-¿Sigue en pie lo de las palomitas y la Coca-Cola?
-¿Pero quieres callarte? –Susurró Cecil-. Van a volver a abrir la maldita puerta…
Damen se rió. Y yo con él. Juntó su frente con la mía y sonrió.
-Cómo has crecido –me cogió un mechón de mi pelo y jugó con él con los dedos-. Cada día estás más guapa.
-Creía que era eso lo que le decías a todas –contesté.
Sonreí. Pero él no lo hizo. Dejó el mechón de pelo y me acarició la mejilla.
-Si lo que te preocupa es que sea un poco mujeriego, entonces te diré la verdad. No lo hacía por gusto –alcé una ceja-. Bueno, un poco, pero sobre todo lo hacía… por intentar olvidarte… Y no lo conseguía. Sentía tu hueco vacío dentro, e intentaba llenarlo con chicas. Aunque el dolor me consumía por dentro igualmente. Pero ahora que eres mía, las demás no son nada.
-¿Y quién dice que sea tuya? –coqueteé, y él sonrió.
-Pues… la forma en que me miras, por ejemplo. Y no sabes cómo lo adoro. O cuando me sonríes. O incluso la forma en la que me insultas –se rió.
-Eh, yo sólo te devolvía los insultos, nada más.
Suspiró, me soltó y se dio la vuelta, dándome la espalda. Se cruzó de brazos.
-Estuve toda la vida ocultándote cómo era yo en realidad, y todo se vino abajo cuando perdiste la memoria y yo me comportaba como… Bueno, como siempre. Si hubiera sabido que eras tú mientras te hacía una broma de las mías, me hubiera dado algo…
Dejó de hablar cuando le abracé la cintura por detrás, apoyando la cabeza en su espalda.
-No te disculpes por ser cómo eres. Me gustas más así. Sólo quiero que te comportes como cuando creías que yo era Elisa, no Kate –susurré con los ojos cerrados.
Se volteó, sonrió y me besó otra vez.
Por fin volvíamos a estar juntos…
Ambos nos quedamos de pie.
-Escucha, Damen…
-No, no, déjame hablar a mí –suspiró-. Por qué. Por qué me dejaste.
-Nunca quise hacerlo. Créeme. Siempre quise estar contigo. Pero Devon, después de descubrirme en Saints, me dijo que tú ya no querías volver a verme. Yo le pregunté la razón. Él me dijo que tú no eres chico de una sola chica, sino de muchas, y que estabas mejor sin mí. Yo, tan ingenua como era entonces, me lo creí. Así que me obligó a irme. Entonces mis padres decidieron que nos mudásemos después de desaparecer dos semanas, asustados por si volvía a ocurrir. Yo no tuve más remedio que ir, y dejar mi vida atrás. Entonces ocurrió el famoso accidente “de coche”, y mi memoria se esfumó. O me la arrebató. Todavía no sé cómo… cómo pude olvidarte… No me lo explico. Pero… todo lo que me dijiste cuando no te recordaba, de que me echabas de menos, cuando repetías mi nombre en sueños, y yo estaba celosa creyendo que la persona a la que amabas completamente no era yo –sonreí débilmente, mirando al suelo. No me atrevía a mirarle a la cara.
Y sin querer empecé a llorar. Esta vez Damen no reaccionó como hacía siempre que me veía llorar, sino que se me quedó observando con los labios apretados.
Entonces se acercó a mí. Yo retrocedí hasta chocar contra la nevera. Él siguió avanzando hasta que estuvo a poquísimos centímetros. Entonces alzó las manos hacia mis mejillas, y me enjugó las lágrimas.
-De verdad que yo no… -intenté decir, pero dada la proximidad de su cuerpo y la forma de mirarme los labios, se me fue apagando la voz, un poco aturdida.
Se inclinó un poco y me susurró al oído:
-No sabes cuánto tiempo llevo esperando este momento.
Y apretó sus labios contra los míos, con suavidad.
Se separó, me miró a los ojos con ternura y volvió a besarme, pero esta vez apasionadamente, como si yo fuera el aire y él se estuviera ahogando. Incluso me costaba respirar. Rodeé su cuello con mis brazos, y él dejó resbalar sus manos hasta mi cintura, apretándome contra él con fuerza, como si temiera que yo no fuera real, o que me fuera.
Luego nos separamos, pero seguíamos abrazados. Alzó una mano y me acarició los labios hinchados con el dedo pulgar, con cuidado.
-Estás aquí de verdad…Te protegeré, Elisa. No pienso volver a perderte. Otra vez no.
Iba a besarme otra vez, pero frenó cuando nuestros labios se rozaron.
Sin motivo aparente me soltó, a regañadientes, y fue hacia la puerta. La abrió, y todos los demás cayeron al suelo. Me coloqué al lado de Damen, y le cogí un brazo entre mis manos. Él me miró con ternura, pero al mirarles a ellos su mirada cambió a enfado.
-¿Qué? ¿Disfrutasteis con la telenovela? ¿Os traigo palomitas y Coca-Cola, ya que estoy aquí?
-Hombre… -murmuró Susan, pero al ver la cara de Damen, se calló.
Se levantaron del suelo, sonrieron disculpándose y cerraron la puerta. Volvimos a quedarnos solos. Damen se giró hacia mí y me volvió a rodear la cintura.
-Bueno, ¿por dónde íbamos?
Me reí. Alcé las manos, cogí el cuello levantado de su blusa y lo iba a besar, pero la voz de Susan al otro lado de la puerta nos frenó:
-¿Sigue en pie lo de las palomitas y la Coca-Cola?
-¿Pero quieres callarte? –Susurró Cecil-. Van a volver a abrir la maldita puerta…
Damen se rió. Y yo con él. Juntó su frente con la mía y sonrió.
-Cómo has crecido –me cogió un mechón de mi pelo y jugó con él con los dedos-. Cada día estás más guapa.
-Creía que era eso lo que le decías a todas –contesté.
Sonreí. Pero él no lo hizo. Dejó el mechón de pelo y me acarició la mejilla.
-Si lo que te preocupa es que sea un poco mujeriego, entonces te diré la verdad. No lo hacía por gusto –alcé una ceja-. Bueno, un poco, pero sobre todo lo hacía… por intentar olvidarte… Y no lo conseguía. Sentía tu hueco vacío dentro, e intentaba llenarlo con chicas. Aunque el dolor me consumía por dentro igualmente. Pero ahora que eres mía, las demás no son nada.
-¿Y quién dice que sea tuya? –coqueteé, y él sonrió.
-Pues… la forma en que me miras, por ejemplo. Y no sabes cómo lo adoro. O cuando me sonríes. O incluso la forma en la que me insultas –se rió.
-Eh, yo sólo te devolvía los insultos, nada más.
Suspiró, me soltó y se dio la vuelta, dándome la espalda. Se cruzó de brazos.
-Estuve toda la vida ocultándote cómo era yo en realidad, y todo se vino abajo cuando perdiste la memoria y yo me comportaba como… Bueno, como siempre. Si hubiera sabido que eras tú mientras te hacía una broma de las mías, me hubiera dado algo…
Dejó de hablar cuando le abracé la cintura por detrás, apoyando la cabeza en su espalda.
-No te disculpes por ser cómo eres. Me gustas más así. Sólo quiero que te comportes como cuando creías que yo era Elisa, no Kate –susurré con los ojos cerrados.
Se volteó, sonrió y me besó otra vez.
Por fin volvíamos a estar juntos…
lunes, 6 de septiembre de 2010
Capítulo 38 (D)
Todos aterrizamos en el jardín trasero de la casa de Adalia, y entramos dentro. No había nadie, pero Susan tenía las llaves. Nos dirigimos al salón. Me crucé de brazos.
-Bien, vinimos aquí por una razón –señalé con la cabeza a Elisa.
Todos la miraron.
-¿Qué ocurre, Damen? –preguntó Jack.
-Ella…
-Soy Kate –dijo ella.
Todos se quedaron con la boca abierta. Cecil sonrió.
-¿Veis? Os lo dije. Sabía que era ella. ¡Eran iguales!
-Pero no puede ser… -Jonan la examinó. Elisa… o Kate, se sentía abochornada-. Es cierto que es el mismo físico ahora que me doy cuenta, sin duda, pero… el nombre…
-Mi nombre completo es Elisabeth Katherine. Damen me llamaba Kate, y así es como os dijo a los demás que me llamaba. Por eso no sabíais mi primer nombre, ni como me llamaban los demás.
-Increíble. Eres tú de verdad –Jack sonrió.
-Sí.
-Ahora que me doy cuenta… -empezó Andrew-. Siempre que tú estabas delante de Damen, él se comportaba como si fuera… yo que sé, educado. ¿Alguna vez lo habías visto como es en realidad?
En ese momento deseaba estrangularle.
-Si te digo la verdad, no, nunca. Además ahora me sorprende que cuando me conocía como Elisa, siempre me insultaba –se rió.
Se rió de verdad. Como la risa que yo adoraba, la que hacía que el estómago me hiciese débiles cosquillas. Como antes, con felicidad. En ese momento lo único que deseaba era sacar a todo el mundo del salón y estrecharla entre mis brazos mientras la besaba.
Pero tenía cosas más importantes que hacer.
-Si hubiera sabido que eras tú… Bueno, no te habría insultado. Ni siquiera me habría comportado como un idiota. Lo siento –dije.
-¿Ves? Haces que el mismísimo Damen, el rudo, egoísta, egocéntrico, y en general valiente Damen, se disculpe –dijo Jonan-. Eso sí que es un mérito.
-Cállate –le espeté.
Elisa sonrió. Me quedé embobado mirándola.
-Sí, es verdad –se levantó, y se puso a mi lado-. Y ahora que te conozco de verdad, sabré cómo tratarte.
Fruncí el ceño divertido.
-Tú y yo todavía tenemos que hablar a solas –carraspeé-. Bueno, que nos desviamos del tema. Devon quiere matarla.
-¡¿Por qué?! –preguntó Susan asustada.
-No lo sabemos. Sólo sabemos que fue él el causante de todo, y que ahora quiere acabar con ella.
-Increíble. Devon. Nuestro Devon –Jack estaba asombrado-. Nunca lo habría imaginado de él.
Como no sabíamos qué hacer al respecto, al final nos decidimos a quedar en casa de Susan. Adalia nos dejaría, estaba seguro.
Mientras los demás hablaban y demás, yo cogí a Elisa del brazo y la arrastré conmigo a la cocina. Cerré la puerta para que no nos escucharan. De todos modos eran tan cotillas que tendrían la oreja pegada a la puerta todo el tiempo.
-Bien, vinimos aquí por una razón –señalé con la cabeza a Elisa.
Todos la miraron.
-¿Qué ocurre, Damen? –preguntó Jack.
-Ella…
-Soy Kate –dijo ella.
Todos se quedaron con la boca abierta. Cecil sonrió.
-¿Veis? Os lo dije. Sabía que era ella. ¡Eran iguales!
-Pero no puede ser… -Jonan la examinó. Elisa… o Kate, se sentía abochornada-. Es cierto que es el mismo físico ahora que me doy cuenta, sin duda, pero… el nombre…
-Mi nombre completo es Elisabeth Katherine. Damen me llamaba Kate, y así es como os dijo a los demás que me llamaba. Por eso no sabíais mi primer nombre, ni como me llamaban los demás.
-Increíble. Eres tú de verdad –Jack sonrió.
-Sí.
-Ahora que me doy cuenta… -empezó Andrew-. Siempre que tú estabas delante de Damen, él se comportaba como si fuera… yo que sé, educado. ¿Alguna vez lo habías visto como es en realidad?
En ese momento deseaba estrangularle.
-Si te digo la verdad, no, nunca. Además ahora me sorprende que cuando me conocía como Elisa, siempre me insultaba –se rió.
Se rió de verdad. Como la risa que yo adoraba, la que hacía que el estómago me hiciese débiles cosquillas. Como antes, con felicidad. En ese momento lo único que deseaba era sacar a todo el mundo del salón y estrecharla entre mis brazos mientras la besaba.
Pero tenía cosas más importantes que hacer.
-Si hubiera sabido que eras tú… Bueno, no te habría insultado. Ni siquiera me habría comportado como un idiota. Lo siento –dije.
-¿Ves? Haces que el mismísimo Damen, el rudo, egoísta, egocéntrico, y en general valiente Damen, se disculpe –dijo Jonan-. Eso sí que es un mérito.
-Cállate –le espeté.
Elisa sonrió. Me quedé embobado mirándola.
-Sí, es verdad –se levantó, y se puso a mi lado-. Y ahora que te conozco de verdad, sabré cómo tratarte.
Fruncí el ceño divertido.
-Tú y yo todavía tenemos que hablar a solas –carraspeé-. Bueno, que nos desviamos del tema. Devon quiere matarla.
-¡¿Por qué?! –preguntó Susan asustada.
-No lo sabemos. Sólo sabemos que fue él el causante de todo, y que ahora quiere acabar con ella.
-Increíble. Devon. Nuestro Devon –Jack estaba asombrado-. Nunca lo habría imaginado de él.
Como no sabíamos qué hacer al respecto, al final nos decidimos a quedar en casa de Susan. Adalia nos dejaría, estaba seguro.
Mientras los demás hablaban y demás, yo cogí a Elisa del brazo y la arrastré conmigo a la cocina. Cerré la puerta para que no nos escucharan. De todos modos eran tan cotillas que tendrían la oreja pegada a la puerta todo el tiempo.
martes, 31 de agosto de 2010
Capítulo 37 (E)
Cuando entré por la puerta, vi primero a Damen, de pie en medio del despacho, y a Devon sentado en su sillón.
-Damen –dije casi sin aliento. Había subido ochenta y siete pisos por las escaleras corriendo, ya que el ascensor estaba estropeado-. Espera.
-¿Elisa? –preguntó sorprendido. Me miraba como… como sorprendido, pero no por lo obvio, si no por otra cosa…
Devon se levantó y aplaudió.
-¡Bravo, Elisa! ¡Increíble! En realidad me acabas de sorprender, pero sabía que lo harías.
Le miré ceñuda, lo mismo que Damen.
-¿Cómo? –preguntó éste.
-¿Quieres que seamos sinceros, Damen? Bien. Sabía perfectamente que Elisa vendría –me miró-. La verdad es que lo dudaba un poco, pero después de que recordaras sería imposible de que no vinieras corriendo a por tu chico.
Damen parpadeó al escuchar las últimas palabras de Devon.
-¿Tú lo sabías…? –pregunté anonadada.
-¿Qué te creías? Pues claro. Lo supe desde el principio.
-Esperad. Yo me perdí. ¿De qué estáis hablando? –Damen miró hacia mí, y alzó las cejas-. ¿Ya… has recordado tu pasado?
Asentí sin poder decir nada más. Me demoraba entre decírselo o no. Devon decidió por mí.
-¿Es que no tenías pensado decírselo, Elisa?
-¿Decirme el qué? –Damen me miró y luego a él.
-Adelante, Kate.
Dejé de respirar, y por la cara de Damen, no fui la única. Me miró despacio, sin responder. Se volvió tan pálido como su pelo, y me miraba de hito en hito.
-¿K… Kate? –balbuceó-. ¿Có… cómo… cómo que Kate?
Damen nunca balbuceaba o vacilaba. Él siempre era directo, pero esta vez parecía como si le hubiesen abofeteado. O que le iba a dar un ataque.
No. Parecía vulnerable. Y eso era grave, ya que él nunca en la vida dejaría que los demás creyesen que era débil.
-¿Cómo puedes ser tú? ¿Cómo no pude darme cuenta?
-Damen, escucha…
-Tú sabes… cuánto… ¿sabes cuánto he esperado este momento… y ahora que ha llegado, no sé qué decir ni qué hacer? –No dejaba de mirarme, asegurándose que lo que veían sus ojos era real-. Me dejaste. Después de todo lo que hice por ti, me abandonaste. ¡Sufrí por ti, y tú me lo pagaste así!
-¡No te dejé! Damen, ¡no sabía que te habían castigado, y ni siquiera sabía que querías… seguir conmigo! ¡No lo sabía!
-¡¿Cómo no ibas a saberlo?! ¡¡Lo eras todo para mí, todo, y lo que más me jode –me encogí ante la palabrota- es que después de todo lo que me has hecho, todavía lo eres!! ¡Eres… eres la única persona capaz de hacerme caer de rodillas, de hacer que me ruborice, de que me entre un escalofrío cuando pronuncias mi nombre, la única! ¡¿Cómo no iba a querer que siguieras a mi lado?! ¡¿Quién…?!
Después del medio shock que sufrí al escuchar todas esas palabras, miré a Devon con ojos entrecerrados. Damen siguió la dirección de mi mirada.
-Devon… Sabía que no eras de fiar –masculló.
-¿Y qué te esperabas?
-Pero si nos separaste tú –dije-, ¿por qué hiciste a Damen mi ángel? ¿Y cómo sabías lo de mis recuerdos? ¿Qué sabes tú de todo esto?
-Lo sé todo. Soy omnisciente en tu caso, Elisa. Fui yo quien provocó el accidente. Fui yo quién te dejó en coma dos años y fui yo quién te lo quitó todo, como tus recuerdos. E incluso lo intenté con los de Damen, pero no fui capaz completamente.
-¿Por qué? –preguntó Damen.
-Lo tuyo Damen, de verdad fue extraño. Nunca me había pasado lo que a ti. Intenté quitarte todos los recuerdos como a ella, pero sólo pude la mitad. Por eso no la reconociste desde el principio, ni tampoco su nombre completo. Pero sabías que existía, y todo en lo referente a ella –frunció el ceño, frustrado-. Supongo que tu mente se negaba profundamente a olvidarse de ella, y no eres el único –miró hacia mí-. Intenté borrarte de la memoria de toda la ciudad, pero me fue imposible, y como Damen, saben de tu existencia, pero no recuerdan cómo eres exactamente. Supongo que dejas huella en cualquiera. Lo único que quiero es acabar con tu vida, Elisa. Sólo debes de saber eso. Y estoy dispuesto a hacerlo ahora.
Damen avanzó hasta a mí, protegiéndome.
-Ni se te ocurra, Devon, o me las pagarás.
En su voz podía reflejarse toda la rabia contenida de todos estos años. Estaba segura que uno de los motivos por su enfado es que creía que le había abandonado.
Y yo que le había reprochado hacía dos meses que me había ido:
“-Emmm...bueno, en realidad sí que perdí a alguien, pero no como imaginas. Ya te he hablado de ella.
-Kate, ¿no? -asintió con pesar.
-Ojalá... si sólo me hubiera esforzado un poco más... ahora mismo podría tenerla a mi lado, abrazarla... -se dio cuenta de lo que decía, y carraspeó-. Bueno, no, quiero decir... -suspiró-. Quiero decir que ojalá no la hubiera perdido. Emmm... pero bueno, da igual.
-¿Te has... enamorado alguna otra vez de otra chica? -pregunté con voz dulce. No quería herirle.
-No -dijo mientras negaba con la cabeza-. Normalmente son ellas las que se enamoran de mí, pero yo... no soy capaz -chasqueó la lengua con rabia-. Ni siquiera sé porqué te estoy diciendo esto. No es de tu incumbencia, idiota.
Bufé.
-Pues vale. Dios, no me extraña que ella se fuera. ¡No te aguanta ni tu madre! -me acosté en la cama, y apagué la luz-. ¡Buenas noches!”
Y él no me había respondido. Cada vez que lo recordaba se me rompía el corazón en trocitos…
Qué equivocada estaba.
-Vamos, Damen, ella te dejó, dos veces, ¿y todavía quieres protegerla? No seas ridículo.
Damen apretó los dientes, pero no dijo nada. Entonces una sombra apareció en el cielo nublado, y se estrelló contra el cristal ya medio roto, rompiéndolo completamente.
Era una especie de pájaro, pero completamente negro. Me buscó con la mirada, y al encontrarme, abrió el pico y me amenazó.
Damen me cogió de la mano, un poco tembloroso, y salimos por la puerta hacia las escaleras. Mientras bajábamos corriendo, él cogió su móvil y llamó a Jack.
-¡Jack, ir todos a la sala del Portal, ya! –gritó.
Colgó y se lo guardó. Como la oficina era de cristal, podíamos ver como el pájaro bajaba como nosotros, pero afuera.
Al final llegamos a la planta -1º, la habitación del Portal. Para mi sorpresa, Jack, Jonan, Brad, Andrew, Cecil y Susan estaban ya allí, esperando.
Al vernos aparecer sin aliento por allí, se sorprendieron.
-¿Qué…? –dijo Andrew.
-¡Meteos en el Portal, corred! ¡A casa de Adalia!
Todos asintieron y nos fuimos metiendo. Podía oír el “rugido” del pájaro desde allí, pero luego me metí con los demás, en dirección a la casa.
-Damen –dije casi sin aliento. Había subido ochenta y siete pisos por las escaleras corriendo, ya que el ascensor estaba estropeado-. Espera.
-¿Elisa? –preguntó sorprendido. Me miraba como… como sorprendido, pero no por lo obvio, si no por otra cosa…
Devon se levantó y aplaudió.
-¡Bravo, Elisa! ¡Increíble! En realidad me acabas de sorprender, pero sabía que lo harías.
Le miré ceñuda, lo mismo que Damen.
-¿Cómo? –preguntó éste.
-¿Quieres que seamos sinceros, Damen? Bien. Sabía perfectamente que Elisa vendría –me miró-. La verdad es que lo dudaba un poco, pero después de que recordaras sería imposible de que no vinieras corriendo a por tu chico.
Damen parpadeó al escuchar las últimas palabras de Devon.
-¿Tú lo sabías…? –pregunté anonadada.
-¿Qué te creías? Pues claro. Lo supe desde el principio.
-Esperad. Yo me perdí. ¿De qué estáis hablando? –Damen miró hacia mí, y alzó las cejas-. ¿Ya… has recordado tu pasado?
Asentí sin poder decir nada más. Me demoraba entre decírselo o no. Devon decidió por mí.
-¿Es que no tenías pensado decírselo, Elisa?
-¿Decirme el qué? –Damen me miró y luego a él.
-Adelante, Kate.
Dejé de respirar, y por la cara de Damen, no fui la única. Me miró despacio, sin responder. Se volvió tan pálido como su pelo, y me miraba de hito en hito.
-¿K… Kate? –balbuceó-. ¿Có… cómo… cómo que Kate?
Damen nunca balbuceaba o vacilaba. Él siempre era directo, pero esta vez parecía como si le hubiesen abofeteado. O que le iba a dar un ataque.
No. Parecía vulnerable. Y eso era grave, ya que él nunca en la vida dejaría que los demás creyesen que era débil.
-¿Cómo puedes ser tú? ¿Cómo no pude darme cuenta?
-Damen, escucha…
-Tú sabes… cuánto… ¿sabes cuánto he esperado este momento… y ahora que ha llegado, no sé qué decir ni qué hacer? –No dejaba de mirarme, asegurándose que lo que veían sus ojos era real-. Me dejaste. Después de todo lo que hice por ti, me abandonaste. ¡Sufrí por ti, y tú me lo pagaste así!
-¡No te dejé! Damen, ¡no sabía que te habían castigado, y ni siquiera sabía que querías… seguir conmigo! ¡No lo sabía!
-¡¿Cómo no ibas a saberlo?! ¡¡Lo eras todo para mí, todo, y lo que más me jode –me encogí ante la palabrota- es que después de todo lo que me has hecho, todavía lo eres!! ¡Eres… eres la única persona capaz de hacerme caer de rodillas, de hacer que me ruborice, de que me entre un escalofrío cuando pronuncias mi nombre, la única! ¡¿Cómo no iba a querer que siguieras a mi lado?! ¡¿Quién…?!
Después del medio shock que sufrí al escuchar todas esas palabras, miré a Devon con ojos entrecerrados. Damen siguió la dirección de mi mirada.
-Devon… Sabía que no eras de fiar –masculló.
-¿Y qué te esperabas?
-Pero si nos separaste tú –dije-, ¿por qué hiciste a Damen mi ángel? ¿Y cómo sabías lo de mis recuerdos? ¿Qué sabes tú de todo esto?
-Lo sé todo. Soy omnisciente en tu caso, Elisa. Fui yo quien provocó el accidente. Fui yo quién te dejó en coma dos años y fui yo quién te lo quitó todo, como tus recuerdos. E incluso lo intenté con los de Damen, pero no fui capaz completamente.
-¿Por qué? –preguntó Damen.
-Lo tuyo Damen, de verdad fue extraño. Nunca me había pasado lo que a ti. Intenté quitarte todos los recuerdos como a ella, pero sólo pude la mitad. Por eso no la reconociste desde el principio, ni tampoco su nombre completo. Pero sabías que existía, y todo en lo referente a ella –frunció el ceño, frustrado-. Supongo que tu mente se negaba profundamente a olvidarse de ella, y no eres el único –miró hacia mí-. Intenté borrarte de la memoria de toda la ciudad, pero me fue imposible, y como Damen, saben de tu existencia, pero no recuerdan cómo eres exactamente. Supongo que dejas huella en cualquiera. Lo único que quiero es acabar con tu vida, Elisa. Sólo debes de saber eso. Y estoy dispuesto a hacerlo ahora.
Damen avanzó hasta a mí, protegiéndome.
-Ni se te ocurra, Devon, o me las pagarás.
En su voz podía reflejarse toda la rabia contenida de todos estos años. Estaba segura que uno de los motivos por su enfado es que creía que le había abandonado.
Y yo que le había reprochado hacía dos meses que me había ido:
“-Emmm...bueno, en realidad sí que perdí a alguien, pero no como imaginas. Ya te he hablado de ella.
-Kate, ¿no? -asintió con pesar.
-Ojalá... si sólo me hubiera esforzado un poco más... ahora mismo podría tenerla a mi lado, abrazarla... -se dio cuenta de lo que decía, y carraspeó-. Bueno, no, quiero decir... -suspiró-. Quiero decir que ojalá no la hubiera perdido. Emmm... pero bueno, da igual.
-¿Te has... enamorado alguna otra vez de otra chica? -pregunté con voz dulce. No quería herirle.
-No -dijo mientras negaba con la cabeza-. Normalmente son ellas las que se enamoran de mí, pero yo... no soy capaz -chasqueó la lengua con rabia-. Ni siquiera sé porqué te estoy diciendo esto. No es de tu incumbencia, idiota.
Bufé.
-Pues vale. Dios, no me extraña que ella se fuera. ¡No te aguanta ni tu madre! -me acosté en la cama, y apagué la luz-. ¡Buenas noches!”
Y él no me había respondido. Cada vez que lo recordaba se me rompía el corazón en trocitos…
Qué equivocada estaba.
-Vamos, Damen, ella te dejó, dos veces, ¿y todavía quieres protegerla? No seas ridículo.
Damen apretó los dientes, pero no dijo nada. Entonces una sombra apareció en el cielo nublado, y se estrelló contra el cristal ya medio roto, rompiéndolo completamente.
Era una especie de pájaro, pero completamente negro. Me buscó con la mirada, y al encontrarme, abrió el pico y me amenazó.
Damen me cogió de la mano, un poco tembloroso, y salimos por la puerta hacia las escaleras. Mientras bajábamos corriendo, él cogió su móvil y llamó a Jack.
-¡Jack, ir todos a la sala del Portal, ya! –gritó.
Colgó y se lo guardó. Como la oficina era de cristal, podíamos ver como el pájaro bajaba como nosotros, pero afuera.
Al final llegamos a la planta -1º, la habitación del Portal. Para mi sorpresa, Jack, Jonan, Brad, Andrew, Cecil y Susan estaban ya allí, esperando.
Al vernos aparecer sin aliento por allí, se sorprendieron.
-¿Qué…? –dijo Andrew.
-¡Meteos en el Portal, corred! ¡A casa de Adalia!
Todos asintieron y nos fuimos metiendo. Podía oír el “rugido” del pájaro desde allí, pero luego me metí con los demás, en dirección a la casa.
viernes, 27 de agosto de 2010
Capítulo 36 (E)---(D)
Devon se llevó a Damen del juzgado, y todos, un poco trastornados, se fueron de allí. Pero yo me quedé sentada, temblando. Sobre todo pensando en todo lo que me había olvidado. Jack me puso una mano en el hombro.
-Elisa, vamos –me zarandeó con suavidad-. ¿Elisa?
-Jack –le miré con ojos asustados. Él se puso nervioso.
-¿Te encuentras bien?
Susan y los demás me miraron al escuchar el tono preocupado de Jack.
-¿Qué le pasa? –preguntó Jonan.
Ellos seguían preguntando, pero dejé de escucharles cuando empecé a recordar más cosas.
Cómo me había encontrado con Damen la primera vez, como me contó hace tiempo. En la playa. Yo me dirigía hacia el agua cuando lo encontré inconsciente, mojado por las pequeñas olas, y con sus alitas pequeñas y blancas asomando en su espalda. Y me había explicado todo. Lo más curioso es que sólo lo veía yo, ya que no había más niños en esa playa… Cuando me caí del columpio en la casa de campo de mi abuela con siete años. Había empezado a llorar como loca, y Damen fue el único que consiguió consolarme, contándome un cuento y cantándome la canción de “Había un barquito chiquitito”. Nuestro primer beso… Lo más bonito que recuerdo de mi corta vida. Cuando me compuso una canción con la guitarra… O cómo se sonrojó la primera vez que me llamó “cariño” sin querer en vez de mi nombre, o cuando se había puesto celoso al darme un niño de mi clase una carta de amor... y él me había escrito otra más larga y sin duda más bonita, y que me había leído personalmente. Incluso cuando me presentó a todos al llevarme a Saints la primera vez. Me había encariñado con todos ellos, y ellos, conmigo.
Y el por qué Damen era el único que me llamaba Kate. Mi nombre completo es Elisabeth Katherine, y como todo el mundo me llamaba Elisa, él quiso ser una persona más importante en mi mundo y decidió llamarme Kate. El caso es que no entendía por qué él no recordaba que mi primer nombre era Elisabeth. Ni por qué no me reconoció.
Empecé a temblar. Ese niño, ese chico al que amaba tanto que incluso me dolía, iba a ser desterrado de su mundo, y todo por mi culpa.
Apreté los puños y me levanté con decisión.
-¿Estás…?
-Sí, estoy bien –interrumpí con la voz algo irritada por la monótona pregunta-. Tengo que irme –salí de allí en dirección al edificio Celeste.
(D) Devon me había llevado a su despacho, en Celeste. En realidad todo me daba igual ya.
¿De qué me servía vivir ahora mismo? No tenía a la mujer que amaba, ni a la chica, la única después de Kate que se había metido en mi corazón, que se había ido. No me dejaban ir junto mis amigos, e iba ser desterrado del mundo que en general conocía.
Al pasar, cerré la puerta detrás de mí. Devon se sentó en su sillón, detrás del escritorio, y yo me quedé de pie, en medio de la sala. No miraba a nada en concreto.
Empezó a hablar:
-Damen… Siento mucho todo esto, en serio, pero…
-Deja de mentir para quedar bien, Devon –le miré con una sonrisa arrogante-. Seamos sinceros. Tú estás encantado de que me convierta en un ángel caído. Pero tranquilo, estoy acostumbrado a que la gente me odie. No es nada nuevo.
Devon me sonrió, y sacudió la cabeza.
-Ay… Damen, sin duda tienes una inteligencia brillante, y creo que te echaré de menos.
-Ya, claro, sobre todo tú.
-Pues…
Sus palabras fueron apagadas por el repiqueo de unas zapatillas de deporte que subían las escaleras del último piso a toda velocidad. Entonces la puerta se abrió.
Sentí como el mundo se me caía encima. Elisa estaba encorvada, con una mano apoyada en el marco de la puerta y la otra en su rodilla.
Qué mayor estaba. Y qué guapa.
Entonces, en una milésima de segundo, me vino el rostro de Kate a la cabeza, y era muy parecido…
Elisa intentaba respirar, con dificultad. Se recuperó al momento.
Pero yo todavía no me había recuperado.
-Elisa, vamos –me zarandeó con suavidad-. ¿Elisa?
-Jack –le miré con ojos asustados. Él se puso nervioso.
-¿Te encuentras bien?
Susan y los demás me miraron al escuchar el tono preocupado de Jack.
-¿Qué le pasa? –preguntó Jonan.
Ellos seguían preguntando, pero dejé de escucharles cuando empecé a recordar más cosas.
Cómo me había encontrado con Damen la primera vez, como me contó hace tiempo. En la playa. Yo me dirigía hacia el agua cuando lo encontré inconsciente, mojado por las pequeñas olas, y con sus alitas pequeñas y blancas asomando en su espalda. Y me había explicado todo. Lo más curioso es que sólo lo veía yo, ya que no había más niños en esa playa… Cuando me caí del columpio en la casa de campo de mi abuela con siete años. Había empezado a llorar como loca, y Damen fue el único que consiguió consolarme, contándome un cuento y cantándome la canción de “Había un barquito chiquitito”. Nuestro primer beso… Lo más bonito que recuerdo de mi corta vida. Cuando me compuso una canción con la guitarra… O cómo se sonrojó la primera vez que me llamó “cariño” sin querer en vez de mi nombre, o cuando se había puesto celoso al darme un niño de mi clase una carta de amor... y él me había escrito otra más larga y sin duda más bonita, y que me había leído personalmente. Incluso cuando me presentó a todos al llevarme a Saints la primera vez. Me había encariñado con todos ellos, y ellos, conmigo.
Y el por qué Damen era el único que me llamaba Kate. Mi nombre completo es Elisabeth Katherine, y como todo el mundo me llamaba Elisa, él quiso ser una persona más importante en mi mundo y decidió llamarme Kate. El caso es que no entendía por qué él no recordaba que mi primer nombre era Elisabeth. Ni por qué no me reconoció.
Empecé a temblar. Ese niño, ese chico al que amaba tanto que incluso me dolía, iba a ser desterrado de su mundo, y todo por mi culpa.
Apreté los puños y me levanté con decisión.
-¿Estás…?
-Sí, estoy bien –interrumpí con la voz algo irritada por la monótona pregunta-. Tengo que irme –salí de allí en dirección al edificio Celeste.
(D) Devon me había llevado a su despacho, en Celeste. En realidad todo me daba igual ya.
¿De qué me servía vivir ahora mismo? No tenía a la mujer que amaba, ni a la chica, la única después de Kate que se había metido en mi corazón, que se había ido. No me dejaban ir junto mis amigos, e iba ser desterrado del mundo que en general conocía.
Al pasar, cerré la puerta detrás de mí. Devon se sentó en su sillón, detrás del escritorio, y yo me quedé de pie, en medio de la sala. No miraba a nada en concreto.
Empezó a hablar:
-Damen… Siento mucho todo esto, en serio, pero…
-Deja de mentir para quedar bien, Devon –le miré con una sonrisa arrogante-. Seamos sinceros. Tú estás encantado de que me convierta en un ángel caído. Pero tranquilo, estoy acostumbrado a que la gente me odie. No es nada nuevo.
Devon me sonrió, y sacudió la cabeza.
-Ay… Damen, sin duda tienes una inteligencia brillante, y creo que te echaré de menos.
-Ya, claro, sobre todo tú.
-Pues…
Sus palabras fueron apagadas por el repiqueo de unas zapatillas de deporte que subían las escaleras del último piso a toda velocidad. Entonces la puerta se abrió.
Sentí como el mundo se me caía encima. Elisa estaba encorvada, con una mano apoyada en el marco de la puerta y la otra en su rodilla.
Qué mayor estaba. Y qué guapa.
Entonces, en una milésima de segundo, me vino el rostro de Kate a la cabeza, y era muy parecido…
Elisa intentaba respirar, con dificultad. Se recuperó al momento.
Pero yo todavía no me había recuperado.
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