¡¡Cazadores de Sombras: Ciudad de ángeles caídos!! *¬*

jueves, 16 de septiembre de 2010

Capítulo 43 (D)

Ambos nos sentamos en el suelo de nubes, y Elisa abrió la caja. Sacó alcohol, algodón y vendas. Me estremecí.
Me tendió una mano, y yo se la cogí sin pensar. Adoraba el tacto de su piel.
-Vamos allá –dijo.
Tragué saliva. Sabía que esto me iba a pasar factura.
Me cogió el brazo y puse el algodón en la primera herida. Siseé.
-Venga, tranquilo –me apremió.
-Bueno, si te vistieras de enfermera con sólo una mini falda y un top de esos, quizá lo llevara mejor –sonreí.
Alzó una ceja, y sacudió la cabeza.
Y otra vez el algodón, pero no retiré el brazo. Para distraerme, miraba divertido la concentración de su mirada. Y una sensación extraña en el estómago me hizo cosquillas. Me quedé medio embobado mirando sus ojos, que cada vez que te miraban, te daban unas ganas irresistibles de sonreír.
Cuando terminó con las demás heridas, me levanté, el botiquín desapareció y le ayudé a ella a levantarse.
-¿Y qué hacemos aquí?
-Tenía que esconderte.
Me sonrió.
-¿Tienes miedo de que me pase algo?
Me crucé de brazos y desvié la mirada. No pensaba admitirlo. Aunque esa no era la completa razón de que la hubiese traído aquí.
Me encogí de hombros. Le cogí la mano y ambos avanzamos por un camino que había sobre las nubes.
A lo lejos divisamos el edificio al que quería ir. Elisa iba a preguntarme qué era eso, pero yo negué con la cabeza.
Entramos dentro. Estaba hecho de un material blanco, pero desconocía qué era.
Recorrimos varios pasillos hasta llegar a unas puertas doradas y enormes, de cinco metros.
-Damen, ¿qué es esto? –me preguntó Elisa.
La miré con ojos tristes, y le besé la frente. Eso la desconcertó.
Abrí las puertas y entramos dentro. Se cerraron detrás de nosotros.
La sala era un lugar enorme, pero sin embargo no había nada. Sólo escuchamos una voz, a la que yo reconocía perfectamente:
-¿Qué deseáis? –preguntó.
-Vengo a por lo que debo –contesté.
-Oh, Damen, ya veo.
Apareció una luz resplandeciente delante de nosotros y luego, un ángel.
Hice una ligera reverencia, y le indiqué a Elisa con la mirada que también lo hiciera.
-Señor Gabriel… -dije.
Él era uno de los pocos ángeles que tenía las alas puramente blancas, como su ropa. Me miró, y luego a ella.
-¿Qué hace esta humana aquí? –preguntó.
-Necesitaba protegerla. Y este lugar es el mejor que conozco.
-Pero tú tienes una condena que cumplir, ¿no es así? –asentí a mi pesar. Elisa me miró horrorizada, e intervino.
-¡Un momento! Damen, ¿este es el lugar del que habló el juez en el que te iban a… a arrancar las alas?
Asentí. Elisa empezó a llorar, y me abrazó.
-¡No! ¡No pienso dejarte!
Suspiré con cansancio.
-No me hagas esto… ¡Me prometiste que no dejarías perderme otra vez! ¡Y… y ahora…!
-Lo siento… -murmuré.
De repente, las puertas doradas se abrieron. Por ella, para mi enorme sorpresa, aparecieron Jack, Cecil, Andrew, Jonan, Brad y Susan.
-¡Damen! –gritaron.
-Devon se ha escapado –dijo Jonan.
-¿Cómo que se ha escapado? –pregunté.
-Sí, desapareció –contestó Susan-. Le perseguimos, pero se largó.
Gabrel suspiró, y se cruzó de brazos.
-Seguramente era un demonio Mayor. Quizá uno de los peores. Pero ahora mismo no podréis hacer nada –me miró-. Damen… ya sabes.
Elisa me miró con los ojos dilatados por el miedo. Me abrazó.
-Por favor, Damen, por favor… -sollozó.
Empezó a llorar. Y aunque yo no soportaba verla así, sabía que huir sería peor. Mucho peor.