¡¡Cazadores de Sombras: Ciudad de ángeles caídos!! *¬*

jueves, 30 de septiembre de 2010

Capítulo 48 (D)

Cuando iba arrastrando por el suelo a Elisa porque no quería moverse del sitio, llamaron a la puerta.
-Venga ya… -murmuré soltándola y dejándola caer tendida al suelo.
-¡Ay! –se llevó una mano a la cabeza.
Me acerqué a la puerta y la abrí. Tres de mis ángeles, novatos, me miraban nerviosos.
-Señor, ¡hay un problema! –dijo el del medio.
-¡Sí! ¡Al ángel Jake le está atacando un demonio! –dijo el de la derecha.
Suspiré. Jacob era otro ángel novato realmente malo en la lucha y bocazas.
-¿Un demonio Mayor?
-Esto… No, señor… Uno normal y corriente…
Les cerré la puerta.
-¡Señor! –gritaron desde fuera.
Volví a abrir la puerta.
-No vale la pena. ¿Me estáis tomando el pelo? Sois cuatro. Él uno, y pequeño. Así que no me toquéis las narices.
Me volví para ver a Elisa todavía en el suelo, pero no estaba. Apreté la mandíbula y cabreado, les volví a cerrar la puerta.
-¡Elisa! ¡Vuelve aquí ahora mismo si no quieres que te traiga yo a la fuerza! –le grité.
-¡Señor! –volvieron a gritar los de fuera.
-¡Largaos de una maldita vez, estúpidos cobardes! –dije sin siquiera abrir la puerta.
Escuché suspiros y pasos que se iban. Bien.
Fui al comedor y me la volví a encontrar escribiendo. Esta vez la cogí en brazos. Ella se revolvió, pero no la solté.
-Damen, escúchame…
La callé con un beso.
-Nada de “Damen, escúchame” porque no te haré caso.
-Si me dejaras estudiando, entonces harías de mi día un día perfecto.
-Sabes… Dios hace cosas perfectas. Pero hay que admitirlo, conmigo se lució. ¿No te llega con eso?
Finalmente suspiró con cansancio. Elisa ya debería saber que yo siempre gano.
Aunque ella y yo dormíamos en la misma cama, todavía no… No quiso hacerlo. Yo, por supuesto, respeté su decisión y esperaría.
Me quedé despierto hasta que ella se hubo dormido, por si acaso, y luego yo con ella.
Por la mañana me desperté normal, pero cuando me incorporé y miré hacia Elisa, ésta se iba a caer de la cama.
Sinceramente me planteé dejarla caer. Sería divertido verla enfadada. Pero supongo que una pequeña parte de mi amor por ella y mi sentido común (quizá también Pepito Grillo) me decían que la ayudara. Así que alargué el brazo, la rodeé por la cintura y la atraje hacia mí.
Ella se despertó también. Se dio la vuelta y me miró con ojos soñolientos y llorosos. Me sonrió, se incorporó y bostezó. Eso me hizo sonreír. Adoraba verla por la mañana. Siempre era la vez que realmente me daba cuenta de cuánto la amaba. Aunque me metiera con ella, le hiciera bromas y demás, la quería. Y aunque las veces eran muy escasas, me gustaba demostrárselo.
Pero claro, no ocurría a menudo.
-¿Sabes? Estuve a punto de dejarte caer. Me encantaría ver tu cara despertando con la marca del suelo en ella –me reí.
Elisa me fulminó con la mirada, se levantó y fue. Suspiré y la seguí.
-Eh, Elisa. Cielo, sabes que era una broma, ¿verdad? –dije cuando ambos llegamos a la cocina.
Se volvió hacia mí con el ceño fruncido.
-Déjame, ¿quieres? No estoy para bromas.
Fue hacia la cafetera y se sirvió café en una taza. Me acerqué por detrás, le aparté el pelo del cuello y le besé la nuca. Noté cómo se estremecía.
-¿Estás enfadada? –volvió a suspirar, y se giró otra vez hacia mí, quedándose encerrada entre mi cuerpo y la encimera.
-Es que, lo único que quiero ahora mismo, es terminar mi trabajo. Y tú no me dejas.
-Y yo lo único que quiero ahora es tenerte para mí solo todo el día. Déjame al menos esto. Es lo único que te pido. Por favor.
Elisa alzó las cejas sorprendida. Yo no solía decir por favor. En realidad, sólo lo dije una o dos veces en mi vida. Así que al final, asintió con los labios apretados.
-Está bien –cogió su taza, y me miró-. Damen, si no sales de aquí, no podré pasar.
-Entonces dime las palabras mágicas que hacen que esté a tu voluntad.
Puso los ojos en blanco.
-Hum… ¿Por favor? –Negué con la cabeza-. ¿Cariño? –volví a negar-. ¿Te quiero?
-Bien, pero ahora dilo como si lo sintieras.
-Cariño, no voy a decirlo “como si lo sintiera”, porque en realidad sí lo siento. Te quiero –y para mi sorpresa, me besó.
Yo, medio anonadado, me aparté y la dejé irse, aunque lo hice a regañadientes.
Terminamos de desayunar y nos fuimos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Capítulo 47 (D)

Casi siempre me reía de las cosas que hacía Elisa. Me divertían.
Pero en el fondo estaba aterrado. ¿El por qué? Bien.
Los seres a los que mato se han dado cuenta de que si acaban conmigo, acabarán con los demás ángeles Dominios. Y para ello están intentando averiguar mi punto débil. Mi único punto débil.
Obviamente, era Elisa. Por ahora no lo saben, y de verdad espero que no se les ocurra de ningún modo. Porque si alguien, por algún mínimo o estúpido motivo, por muy pequeño que sea, le hiciera daño… estaba muerto. Completamente.
Y uno de mis mayores temores: Devon. Él sí que lo sabía. Y estaba seguro que no dudará en matarla, pero yo haré lo imposible por mantenerla a mi lado. Sinceramente, si volviera a perderla, mi mundo se derrumbaría por completo.
Pero intentaba, o no solía, pensar en ello.
Así que, simplemente, me divierto con mi niña.
En el baño, mientras intentaba sacar los pelos de su cepillo, recordó.
-¡Mierda! –soltó.
La miré divertido.
-¿Ahora qué? ¿Te acabas de acordar de la baba que dejaste en el cojín del sofá cuando dormías?
Me fulminó con la mirada.
-No. ¡Tengo que terminar el proyecto! ¡Se me había olvidado!
Dejó el cepillo dentro de un cajón y salió corriendo hacia el comedor, dónde tenía todos sus apuntes y libretas desperdigadas por la mesa. La seguí. Se sentó en la silla y empezó a leer. Suspiré. Me acerqué a ella y le puse una mano en el hombro.
-Cariño, ese proyecto tienes que entregarlo dentro de dos meses. Y ya tienes hecho más de la mitad. ¿Por qué no te relajas un poco?
Me miró con el ceño fruncido.
-No puedo. Si lo dejo para el último momento, ¡entonces sí que estaré desesperada!
Lancé otro suspiro hastiado. Ella volvió a leer.
-Mira. ¿Qué te parece si vamos tú y yo a algún sitio? Hace tiempo que no…
-Damen, tienes unas ojeras horribles. No creo que estés ahora mismo para dar una vuelta.
-Bien, vale. Pero mañana no tienes clase. Y yo tengo esta noche y el día de mañana libres. Así que duermo hoy y mañana nos vamos.
Elisa suspiró un poco desesperada.
-¿Pero qué dirán tus ángeles?
Bufé.
-Soy su jefe. ¿Qué porras me van a decir ellos? –Hizo un débil gruñido-. Sabes que no acepto un no por respuesta –le recordé.
-Pero el trabajo…
-Tienes toda la eternidad para terminar ese maldito trabajo.
-Está bien…
Sonreí.
-Me voy a duchar. Y, hazme el favor, no te chapes todo eso. No te servirá de nada.
Ella me sacó la lengua y se volvió a enfrascar en la lectura. Le di un beso en el pelo y me fui.
Mientras me duchaba, no pude parar de pensar en lo que le podría pasar a Elisa… En lo que hubiera podido pasar hace tres años y medio si no me hubiera recordado… O si simplemente no nos hubiéramos encontrado otra vez. Seguramente ahora viviría feliz con otro chico que por supuesto no sería yo.
Y eso me hacía enfurecer. Notaba como debajo del agua se me tensaban los músculos de los brazos al pensar en ello. Pensar que esos suspiros que a veces me regala no fueran por ni para mí, o si otro le quitara todos los besos que yo le robé. O todas las palabras significativas que me dice y me acarician el corazón como una suave pluma.
Era demasiado.
Salí de la ducha, me sequé, me vestí con sólo unos pantalones de pijama, dejando el pecho al descubierto con mi tatuaje negro de la cruz en el antebrazo y el otro, nuevo, que me caracterizaba de líder de los ángeles Dominios, la estrella de ocho puntas en el hombro. Los demás también lo tenían, pero ellos lo tenían en el hombro izquierdo. Yo en el derecho.
Descalzo, volví a entrar en el comedor.
-Tú también tienes que dormir, ¿sabías?
-Sí, soy consciente de ello.
-No lo parece.
Dejó el boli encima de la mesa y me miró.
-Mira, Damen. Tú vete a dormir. Yo me quedaré estudiando, ¿de acuerdo? ¡Ya sé que eres un cabezota, pero limítate a seguir esa pauta!
-Y tú eres el doble de cabezota que yo –le cogí de la mano y la levanté de la silla-. Ven, vamos.
Intentaba arrastrarla mientras ella forcejeaba hacia el otro lado. Pero como yo soy más fuerte, se rindió.
Menuda testaruda.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Temporada 2: Capítulo 46 (E)

Habían pasado dos años desde que Damen se había convertido en el líder de los ángeles Dominios. Él y los demás vigilaban día y noche alternativamente. Los nefilim salían por el día, y los ángeles caídos por la noche. Por no hablar de los demonios, que esos salían de noche y de día. O eso era lo que me había contado Damen.
No sabía mucho del tema, pero en realidad era interesante.
Cada vez se unían más ángeles capacitados para estar bajo las órdenes de él, y así era mucho más fácil todo, aunque también podían morir en la lucha.
Bueno, y yo… Estaba en mi tercer año de la universidad. Era duro, pero estaba segurísima de que era lo que yo más deseaba. Y Damen me apoyaba.
Una tarde, me había quedado dormida mirando en la televisión la serie House, cuando sentí el ruido de unas llaves en el exterior y el abrir de una puerta. Pero estaba tan cansada que no me molesté en abrir los ojos.
Sentí unos pasos débiles que repiqueteaban en el parquet y venían hacia dónde estaba yo.
Luego una mano suave acariciarme la mejilla. Y el tacto suave de unos labios cálidos contra los míos.
Entonces sí que abrí los ojos despacio, y me encontré con la bella cara de Damen muy cerca de la mía, mirándome con ojos tiernos.
-Hola, mi cielo –me susurró.
Chasqueé la lengua y me di media vuelta, dándole la espalda y quedándome cara al respaldo del sofá. Pero sonreí.
Él se sentó en el reposabrazos al lado de mi cabeza, y miró la tele.
-Vaya, así que te quedaste dormida mirando las noticias, ¿eh? Sí, claro, es considerable. La muerte de un niño enterrado vivo en el jardín de su propia casa no merece tu atención, ¿no crees?
Puse los ojos en blanco, y cerré los ojos.
-Me dormí viendo House –repliqué con voz débil por el sueño.
-Ya, claro. Sí, bonita serie. En realidad ese hombre me recuerda a mí.
-Sí… él también es un cabrón como tú, amor.
Damen soltó una carcajada, se inclinó desde el reposabrazos hacia mí y empezó a hacerme cosquillas.
Me revolví intentando zafarme, pero al final me rendí y empecé a reírme.
-¡Ay, vale, vale, me rindo! –Intenté decir entre risas-. De verdad.
Le miré. Damen sonrió ampliamente, y me empezó a besar la frente, la nariz, las mejillas, la barbilla, y los labios.
Luego se levantó, y yo con él. Bostecé, me rasqué la cabeza y apagué la televisión, interrumpiendo algún que otro anuncio de coches. Damen se rió al verme.
-Parece que tuvieras resaca –me dijo.
Sacudí la cabeza, e intenté desenredarme el pelo con los dedos, pero me daban tirones. Damen seguía riéndose. Le ignoré, y recorrí una pequeña parte del enorme apartamento para ir al baño y me peiné con el cepillo. Al terminar, dejé mucho pelo enredado en las cerdas. Suspiré.
Damen apareció en el baño, y alzó las cejas.
-Un día te vas a quedar calva, cielo –y volvió a reírse.
Volví a poner los ojos en blanco, y le miré.
-¿Sabes? Creía que con la responsabilidad que cargas ahora habías madurado. Ya veo que no.
-Ay… mi pequeña e ingenua niña. ¿Nunca escuchaste eso de “los niños crecen y las niñas maduran”?
-Sí, supongo. Y sin duda tiene razón.
Damen se cruzó de brazos y asintió.
Le quería con todo mi corazón, pero a veces me sacaba de quicio.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Capítulo 45 (E) (Final)

Después de todo eso, Gabriel nos obligó a irnos de allí. Damen podía crear un portal dónde le diera la gana, así que nos fuimos por ahí. Llegamos a Saints, dónde todo estaba tranquilo. El edificio Celeste lo estaban reformando, y la gente estaba feliz y demás.
Damen suspiró.
-Echaré esto de menos –comentó, y me miró-. Pero lo cambio por algo que siempre he deseado tener.
-¿Lo qué?
-A ti –sonrió.
Yo le di un beso, y luego miré a Susan. Me acerqué a ella.
-Susan…
-Elisa, te echaré de menos.
Parpadeé sorprendida por su tono de voz y la rapidez con la que lo dijo.
-¿Cómo?
-Dejaré este rollo de ángeles y seres extraños. Antes creía que era divertido, ya ves –señaló su ropa gótica-. Pero después de esto… No… Quiero volver a tener mi vida normal. Ya sabes…
Suspiré, pero asentí. La abracé.
-Te echaré muchísimo de menos, Susan. Muchísimo.
-Y yo a ti –sollozamos juntas.
Luego nos separamos. Damen miró a Jonan.
-Jonan, acompáñala a su casa.
-¡Sí, señor! –contestó éste.
Damen puso los ojos en blanco, aunque sonriendo.
Jonan se la llevó al Portal de Celeste. Vi cómo se iban. Damen me abrazó por la cintura.
-Tenemos que irnos –me miró-. ¿Qué vas a hacer con tus padres?
Sacudí con la cabeza.
-Supongo que… no sé. Tendré que despedirme o… No lo sé.
-Hum. Bueno, ya veremos qué hacer. Bien, chicos –se volvió hacia los demás-, despedíos de todo esto. No lo veremos en un tiempo.
Suspiraron.
-Lo sabemos. Pero eso de ser especiales mola –comentó Andrew.
-Andrew… Bueno, da igual –Cecil suspiró.
-Venga, vamos.
Damen fue hacia el Portal, dónde ya estaba Jonan esperando, y entramos.
Después de toda esta historia, cada uno empezó a vivir en una casa propia. Descubrieron que eran capaces de crear materia de la nada, y por lo tanto vivían en mansiones. Yo me fui a vivir con Damen a la ciudad cuando terminé el instituto, y empecé a estudiar en la universidad. Tuve que decirles a mis padres que me iba de casa.
Se lo tomaron mal, pero Tommy me ayudó. A él tuve que explicárselo todo. Lo entendió.
Y, en general, nuestra vida sigue igual. Bastante bien, aunque ahora es más diferente que nunca. Y sabiendo que Devon sigue vivo en cualquier sitio queriendo acabar conmigo… me ponía los pelos de punta, pero no me dejaba intimidar. No sabiendo que Damen estaría a mi lado para siempre.


*Bueno, y hasta aquí la primera parte. La segunda tendrá más cosas. Se volverá un relato tipo "Urban Fantasy", habrá personajes nuevos y demás, y quizá se encuentren con otro de mis personajes... Pero en general la cosa no cambiará mucho ^^, ya sabéis, Damen seguirá siendo tan capullo como siempre ;D
¡Gracias a todas por vuestro apoyo! :D

domingo, 19 de septiembre de 2010

Capítulo 44 (D)---(E)

Los demás también me miraban con tristeza. Y se lanzaron hacia nosotros, abrazándonos.
-¡Que me ahogáis! –dije.
Se rieron débilmente, menos Elisa. Se apartaron de nosotros, y yo la abracé, apoyando mi frente en su pelo, cerrando los ojos. Gabriel me miró a conciencia.
-Hum… ¿Sabes? Quizá pueda hacer algo…
Todos miramos hacia él.
-Durante siglos hemos intentado capturar o cazar a demonios, incluyendo a ángeles caídos perversos o a los nefilim. Pero no somos lo suficientemente… No sé cómo explicaros.
-¿Qué quiere decir, señor…?
Gabriel no contestó. Se dio media vuelta y desapareció. Y después de unos momentos volvió con un cáliz de cristal y un cuchillo.
-Qué es esto –pregunté apretando más a Elisa contra mí. Temía algo, pero no sabía qué era.
Siguió sin decir nada. Entre Gabriel y yo brotó, del suelo de nubes, una especie de fuente, dónde, cuando terminó de crecer hasta quedar a la altura de mi pecho, colocó el cáliz. Cogió el cuchillo y se hizo una herida en la palma de la mano izquierda. La sangre, de color dorada para mi enorme sorpresa y las demás, cayó dentro del cáliz, volviéndolo de ese color. Me hizo una seña para que me acercara. Miré a Elisa, me separé de ella y me acerqué a la columna.
-Damen, tú serás el líder. Te encargarás de cuidarlos y ayudar a los que deseen incorporarse a vosotros.
-¿Tengo que hacer de niñera? Estupendo –puse los ojos en blanco.
-¡Damen! –Gritó Andrew-. ¡No seas estúpido! O es esto o convertirte en un ángel caído.
Me lamí los labios resecos, y asentí.
-Bébelo –me dijo Gabriel.
Cogí el cáliz y me lo acerqué a la boca, pero lo bajé, y miré a Elisa.
-¿Podré estar con ella? –le pregunté a Gabriel sin apartar la vista de ella.
-Sí, si no descuidas tus obligaciones, claro.
Elisa sonrió ampliamente.
-Pero vivirás eternamente.
Eso me frenó, y le miré.
-¿Y ella no?
-No. Ella es humana. Envejecerá como cualquiera.
Dejé la copa.
-Entonces no quiero.
-Si no bebes del cáliz, vivirás eternamente igual, pero condenado. Tú eliges.
-Para mí no existe mayor condena que vivir separado de ella. Y ya lo he vivido suficiente tiempo.
Gabriel la miró.
-¿Estás dispuesta a vivir toda la eternidad a su lado? –le preguntó.
Elisa asintió decidida.
Sinceramente pensé que iba a dudar, o vacilar. Pero lo dijo directamente. Y eso me gustó mucho. Gabriel asintió.
-Bien. Bebe tú también del cáliz – me miró-. Adelante, Damen.
Volví a coger el cáliz en mis manos, y bebí un poco de su contenido.

(E) Cuando Damen terminó de beber, hizo una mueca de desagrado.
-¿Pero qué lleva esto?
Gabriel me señaló con la cabeza.
-Ahora tú.
Damen me tendió el cáliz mientras sus alas se tornaban azules como el cielo. Luego bebí yo.
Me sentía rara, pero no me dolía nada. Sino… eso, rara.
Gabriel cogió la copa, pero Damen le tendió una mano. El arcángel le miró con una ceja alzada.
-¿Qué? ¿No me la puedo quedar?
-¿Para qué? –Gabriel estaba perplejo.
-Quiero saber cuánto me darían por ella en eBay…
Me reí, y me lancé hacia Damen. Le abracé con todas mis fuerzas, y él a mí.
Los demás aplaudieron, y les miramos.
-¿Qué? –dijo Jonan-. Es que esto nos emociona…
Nos reímos.
-¿Y cómo se recluta gente para esto? –preguntó Jack.
Damen le miró.
-¿Por qué quieres saberlo?
-¿Crees que voy a dejar que mi mejor amigo se lo pase en grande mientras yo estoy protegiendo a un puñado de humanos torpes? De eso nada –y sonrió.
Damen, sin dejar de abrazarme, alzó un brazo y lo pasó por los hombros de Jack.
-Fácil. Damen, haz lo mismo que acabo de hacer yo.
-¿Lo de sangrar en el cáliz y…?
-Sí.
-¿Y por qué no de la tuya?
-Sólo los líderes de los grupos de ángeles pueden tener sangre de arcángel en las venas.
-Hum.
Jack hizo una mueca.
-Mejor me lo pienso –Damen le miró con el ceño fruncido, y Jack rectificó-. Que es broma, hombre. Venga, va.
Damen cogió el cáliz y el cuchillo, se hizo la herida en la mano y la sangre cayó dentro. Se lo tendió a Jack.
-Bebe, bebe. Ya verás qué rico y nutritivo –dijo Damen sonriendo con burla.
Jack sacudió la cabeza, cogió el cáliz y bebió.
Los demás también se ofrecieron, excepto Susan, claro.
-Ya no sois ángeles normales. Sois ángeles Dominios. Ahora podéis hacer cosas que los demás no pueden. Ya las descubriréis. Pero debo deciros que podéis haceros visibles ante el ojo humano cuando deseéis, e invisibles por lo mismo.
Asintieron.
-Pero hombre, ya no me hacía falta ser más perfecto. Yo ya era mitad humano, mitad increíble –dijo Damen.
Gabriel ignoró su egocéntrico comentario y me miró.
-¿Entonces yo…?
-Tú eres humana con un poco de sangre de ángel en las venas. Eres como un nefilim, pero no tienes maldad. Por supuesto, te quedarás así para siempre.
Sonreí. Por fin Damen y yo podríamos estar juntos para siempre… si es que nada se interponía, claro.

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Bueno..., la, por así decirlo, primera temporada de Night of Angels está llegando a su fin, pero tranquilas, que la historia sigue. En el último capítulo (el siguiente) ya os explicaré lo necesario.
Y otra cosa, os pido un favor... Veréis, gracias a Lore (^^), pude conocer un blog que me enganchó su historia desde el prólogo. Y creo que deberíais saber de él. Os prometo que no os arrepentiréis ;D
http://destino-que-aguarda.blogspot.com/
Es de Elisabeth (¡qué casualidad! ;D), y por supuesto, os lo agradezco mucho ^^
De verdad que merece la pena leerlo *¬* A mí me tiene enganchadísima :3 ¡Gracias!
Ah, y como siempre, ¡vuestros comentarios me animan mucho, de verdad! :D

jueves, 16 de septiembre de 2010

Capítulo 43 (D)

Ambos nos sentamos en el suelo de nubes, y Elisa abrió la caja. Sacó alcohol, algodón y vendas. Me estremecí.
Me tendió una mano, y yo se la cogí sin pensar. Adoraba el tacto de su piel.
-Vamos allá –dijo.
Tragué saliva. Sabía que esto me iba a pasar factura.
Me cogió el brazo y puse el algodón en la primera herida. Siseé.
-Venga, tranquilo –me apremió.
-Bueno, si te vistieras de enfermera con sólo una mini falda y un top de esos, quizá lo llevara mejor –sonreí.
Alzó una ceja, y sacudió la cabeza.
Y otra vez el algodón, pero no retiré el brazo. Para distraerme, miraba divertido la concentración de su mirada. Y una sensación extraña en el estómago me hizo cosquillas. Me quedé medio embobado mirando sus ojos, que cada vez que te miraban, te daban unas ganas irresistibles de sonreír.
Cuando terminó con las demás heridas, me levanté, el botiquín desapareció y le ayudé a ella a levantarse.
-¿Y qué hacemos aquí?
-Tenía que esconderte.
Me sonrió.
-¿Tienes miedo de que me pase algo?
Me crucé de brazos y desvié la mirada. No pensaba admitirlo. Aunque esa no era la completa razón de que la hubiese traído aquí.
Me encogí de hombros. Le cogí la mano y ambos avanzamos por un camino que había sobre las nubes.
A lo lejos divisamos el edificio al que quería ir. Elisa iba a preguntarme qué era eso, pero yo negué con la cabeza.
Entramos dentro. Estaba hecho de un material blanco, pero desconocía qué era.
Recorrimos varios pasillos hasta llegar a unas puertas doradas y enormes, de cinco metros.
-Damen, ¿qué es esto? –me preguntó Elisa.
La miré con ojos tristes, y le besé la frente. Eso la desconcertó.
Abrí las puertas y entramos dentro. Se cerraron detrás de nosotros.
La sala era un lugar enorme, pero sin embargo no había nada. Sólo escuchamos una voz, a la que yo reconocía perfectamente:
-¿Qué deseáis? –preguntó.
-Vengo a por lo que debo –contesté.
-Oh, Damen, ya veo.
Apareció una luz resplandeciente delante de nosotros y luego, un ángel.
Hice una ligera reverencia, y le indiqué a Elisa con la mirada que también lo hiciera.
-Señor Gabriel… -dije.
Él era uno de los pocos ángeles que tenía las alas puramente blancas, como su ropa. Me miró, y luego a ella.
-¿Qué hace esta humana aquí? –preguntó.
-Necesitaba protegerla. Y este lugar es el mejor que conozco.
-Pero tú tienes una condena que cumplir, ¿no es así? –asentí a mi pesar. Elisa me miró horrorizada, e intervino.
-¡Un momento! Damen, ¿este es el lugar del que habló el juez en el que te iban a… a arrancar las alas?
Asentí. Elisa empezó a llorar, y me abrazó.
-¡No! ¡No pienso dejarte!
Suspiré con cansancio.
-No me hagas esto… ¡Me prometiste que no dejarías perderme otra vez! ¡Y… y ahora…!
-Lo siento… -murmuré.
De repente, las puertas doradas se abrieron. Por ella, para mi enorme sorpresa, aparecieron Jack, Cecil, Andrew, Jonan, Brad y Susan.
-¡Damen! –gritaron.
-Devon se ha escapado –dijo Jonan.
-¿Cómo que se ha escapado? –pregunté.
-Sí, desapareció –contestó Susan-. Le perseguimos, pero se largó.
Gabrel suspiró, y se cruzó de brazos.
-Seguramente era un demonio Mayor. Quizá uno de los peores. Pero ahora mismo no podréis hacer nada –me miró-. Damen… ya sabes.
Elisa me miró con los ojos dilatados por el miedo. Me abrazó.
-Por favor, Damen, por favor… -sollozó.
Empezó a llorar. Y aunque yo no soportaba verla así, sabía que huir sería peor. Mucho peor.

martes, 14 de septiembre de 2010

Capítulo 42 (E)

Ambos caímos. Pero lo que me desconcertó era que el suelo estaba mullido. Me levanté con cuidado, y miré a mi alrededor. Me quedé estupefacta.
Todo, absolutamente todo, eran nubes. Esponjosas y blancas. Lo más curioso, pero muy, muy curioso de todo, era que también había árboles y ríos. Era como si las nubes actuaran como si fueran la hierba del suelo.
Entonces recordé a Damen. Lo busqué con la mirada. Estaba detrás de mí con su forma humana, intentando incorporarse. Cuando lo consiguió, me horroricé. Estaba lleno de sangre, y la camisa blanca completamente rota.
Me acerqué a él, y me arrodillé a su lado. Le miré con ojos llorosos.
-¡Damen, estás sangrando mucho! –sollocé.
Él me miró con el ceño fruncido, y luego a sus heridas.
-No te preocupes por esto. Ya sabes que estoy acostumbrado.
Recordé cuando había descubierto en qué se transformaba y cómo sangraba.
Le abracé.
-Te voy a manchar –me dijo.
-¿Crees que eso me importa? –le repliqué separándome-. No seas ridículo.
-Elisa, no te preocupes. Porque sino me pones nervioso a mí.
Entonces le miré mejor. Detrás de él habían aparecido unas alas blancas tan esponjosas como las nubes que nos rodeaban. Se levantó, y las miró.
-Bueno, creí que no aparecerían, la verdad.
Empezó a desabrocharse la blusa, pero como era tan impaciente, se la arrancó. Le miré con la boca abierta.
-¿Pero qué haces? –dije con la voz un poco temblorosa.
-Da igual, ya estaba rasgada por las alas –la tiró al suelo, y sus alas se estiraron para luego volverlas a encoger.
Entonces me fijé en su pecho y abdomen. Los tenía llenos de heridas y algunas cicatrices. Y sangraba. Pero sin embargo me ruboricé igual.
Damen se examinaba el brazo izquierdo, dónde tenía la peor herida.
-Me estás mirando –repuso sin mirarme él a mí-. ¿Se puede saber por qué me estás mirando?
Sacudí la cabeza y carraspeé. Me sonrojé más.
-Na… nada. Hum –miré a mi alrededor-. ¿Esto… es el cielo?
Alzó la mirada y asintió.
-Si lo quieres llamar así, sí. Pero este lugar es casi inaccesible. Todavía no sé cómo conseguí hacernos entrar.
-Increíble.
El tatuaje negro en forma de cruz que tenía en el antebrazo izquierdo brillaba, aunque un poco de sangre lo tapaba mientras salpicaba el suelo. La nube de debajo se tornó roja.
-Damen, hay que curarte eso.
Él puso los ojos en blanco, y dejó caer los brazos a los costados.
-Cariño, eso dijiste la última vez que me viste sangrando, y entre tu hermano y tú acabasteis con mi salud y un poco de mi cordura. Así que no, gracias.
-Vamos, no fue para tanto… Además de que pensabas que…
Se acercó y me calló con un beso. Al separarnos, lo miré sorprendida.
-¿Y eso?
-Para que dejaras de hablar y porque me apetecía –se encogió de hombros-. No sabes lo relajante que es querer besar a alguien en ese momento y poder hacerlo.
Me reí. Lo sabía perfectamente. Ahora le besé yo.
-Sí, sí que lo sé.
Sonrió. Me cogió de las manos y las miró.
-Piensa en algo. Lo que más desees –me dijo.
-Pero eso ya lo tengo, justo delante de mí –repuse.
Se inclinó y me besó otra vez.
-Gracias, mi vida, pero ahora piensa en otra cosa.
Me vino a la cabeza un perro. Cerré los ojos, y de repente sentí unos ligeros empujoncitos en el pie. Abrí los ojos y bajé la mirada a mis Converse, dónde un cachorrito de la raza Shiba blanco me daba con la pata. Solté mis manos de Damen y me arrodillé. El cachorrito apoyó sus patas delanteras en mis piernas y me lamió la mejilla. Yo le acaricié la cabeza.
-¡Ay, qué cosita más bonita! –exclamé sonriendo.
-En el cielo puedes pedir cualquier cosa. Absolutamente lo que quieras. Y te dura tanto tiempo como desees.
Cogí al perrito en mis brazos y me levanté. Se lo tendí a Damen. Él retrocedió un poco.
-Vamos, sé que te gustan los perros.
-No creo que ahora sea el mejor momento para jugar con un perro.
Sus heridas todavía goteaban. Dejé al perro en el suelo, y desapareció. Miré a Damen otra vez. Se encogió de hombros.
-Te lo dije.
Entonces deseé un botiquín de primeros auxilios. Apareció en mis manos.
Damen apretó los labios.
-Ah, no. No.
Me acerqué a él, pero se cruzó de brazos, haciendo que los músculos se le tensaran y las heridas sangraran más por la presión.
-Damen… por favor… -susurré algo horrorizada por la hemorragia de los hematomas.
-No.
Empecé a llorar. Él dejó caer los brazos y resopló.
-Mierda –masculló-. Está bien, está bien.
Le sonreí. Sabía que no podía resistirse a las lágrimas de una chica.